Por Daniel Flores Bueno
Los amigos de Rosita Llataco son seis niños de 7 años que no dudan en hacer todos los esfuerzos por llamar nuestra atención: saltan, gritan y simulan movimientos de karate con los que intentan imitar a los Power Rangers. Estamos en Maranga, en una casa-hogar llamada San Miguel Arcángel. Un lugar administrado por el Inabif destinado a dar protección y albergue a 82 niños y adolescentes abandonados por sus familias o que vieron amenazada su integridad. Hemos llegado aquí porque queremos entrevistar a Rosita Llataco, la adolescente con habilidades diferentes que es campeona de Olimpiadas Especiales en la disciplina de gimnasia rítmica. En el lugar conviven personas sanas con otras que presentan algún tipo de discapacidad neurológica o psiquiátrica. Los niños de la casa-hogar quieren aprovechar la visita para mandar saludos. Es una forma de decir lo que más les importa: una niña mira a la cámara de video y dice a voz en cuello: "Mamá, te quiero mucho", inmediatamente el resto se le une en coro. Luego todos repiten "Rosita, te queremos", como una letanía entrenada.
Cuando nos preparamos para ver la exhibición de gimnasia de Rosita, un niño comenta de manera espontánea: "Cuando se vaya la vamos a extrañar, que lo aproveche". De eso precisamente trata esta historia. No solo de una adolescente que participó en las Olimpiadas Especiales 2007 en Shangái ni de la carrera que le espera por delante si quiere regresar a competir en Atenas en el 2011, sino del valor que tiene una oportunidad. Mucho más para alguien que por alguna razón fue abandonado.
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Clara Aco, una trabajadora social de la casa-hogar, dice que Rosita llegó a los 4 años. La recuerda como una niña insegura y con una autoestima muy baja. En este lugar el 10% de niños tiene algún compromiso neurológico o psiquiátrico. Algunos de ellos fueron abandonados por esta razón. Una tendencia que va en aumento según el Inabif y que en todo el Perú suma una población de 454 personas.
La historia de Rosita se vio enriquecida por dos personas: Wilmer Briones, un benefactor que se convirtió en su padrino, e Ynés Barrantes, directora del colegio Albert Einstein donde esta adolescente fue matriculada. Fue allí donde comenzó a practicar gimnasia rítmica. Ynés, una mujer que durante su juventud fue una gimnasta apasionada, identificó las cualidades que tenía Rosita a primera vista. Ynés tiene el título de directora nacional de gimnasia rítmica y está relacionada a la organización de Olimpiadas Especiales del Perú.
Al inicio de esta historia, Rosa fue seleccionada en el equipo de su colegio y participó en varios torneos metropolitanos. No le fue muy bien. No sacó ni una medalla y quedó decepcionada. Pero en el siguiente torneo sacó dos medallas de oro y pronto entendió que podía seguir ascendiendo. Al cabo de tres años llegó a ganar cinco medallas de oro en los juegos nacionales. "Ella me inspiraba tanta seguridad por el trabajo realizado que estaba plenamente convencida de que tenía su cupo para China", cuenta Ynés, una mujer comprometida al 100% con su trabajo. Pero ocurrió algo. El número de atletas que tenían medalla de oro excedía los cuatro cupos asignados para este deporte. Por eso se hizo un sorteo: "Aquí vino la buena providencia para esta chica, porque cualquiera pudo salir, pero salió su nombre en el segundo bolo". La entrenadora recuerda que Rosita no tenía real conciencia de lo que había conseguido, que lo supo recién en el momento mismo del viaje. En el aeropuerto, al pie del avión, se dio cuenta de lo que significaba ir a las Olimpiadas de Shangái y se puso a llorar.
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En Shangái las trataron muy bien y su entrenadora tuvo mucho cuidado en explicar a todas las personas que a Rosita no había que preguntarle mucho sobre sus padres. Muchas adolescentes que competían habían llevado los álbumes de fotos de sus familiares. En cambio, esta adolescente de 15 años solo tenía la foto de la tía Ceci, que es como cariñosamente la llama a Cecilia Adrianzén, la directora de la casa-hogar. La tía Ceci, su padrino Wilmer, su entrenadora y sus mejores amigas son su familia.
"Luego pasó una cosa curiosa en ese viaje --dice Ynés--.Un muchacho se enamoró de Rosa. Un chinito voluntario, que era el encargado de asistirla. Un chico normal. Yo tenía mucho cuidado en cuidar a mis chicas y siempre las estaba vigilando. Pero siempre veía que el chinito estaba muy solícito y ella le correspondía sus atenciones. Ella también se esforzaba por ponerse bonita. Entonces de broma la fastidiaba: 'Rosa cuidado que te quedes en China'. '¡Ay no!', respondía ella y se ruborizaba.
Un día que salí a una reunión de coordinación la encontré a mi regreso sentada en el lobby del hotel conversando con el chinito y me molesté. Les había prohibido salir del cuarto en mi ausencia y le llamé la atención a Rosita y al joven lo mandé a su casa. Ella se puso furiosa y dijo que ya no participaría. La competencia era al día siguiente.
'Si no quieres competir, perfecto. Ya estoy en China y tengo otras tres atletas', le dije molesta. Ella se fue a su habitación y como es buena regresó un rato después y me ofreció disculpas. 'Ynés, me he portado mal y me he olvidado las rutinas. Ayúdame, enséñame', me pidió. 'Ya no, Rosa. Cuando escuches la música te vas a acordar', le dije.
El día de la competencia estábamos todas muy nerviosas porque no es lo mismo competir en un metropolitano que hacerlo en una competencia nacional y menos competir en un mundial contra las chinas, las rusas, las cubanas que han entrenado desde hace tres o cuatro años. Hablé con ella y le dije: 'Rosa, ya llegó el momento. Has lo que sabes hacer. No mires a nadie. Solo enfócate'. Y lo hizo de una manera tan natural que todo el mundo se quedó embelesado.
El día de la premiación la pusieron en el medio y pensé: 'No me voy a emocionar antes de tiempo'. De pronto pusieron el himno del Perú y me puse a llorar. Rosa me miraba y la gente que estaba a mi costado me felicitaba. Cuando salió con sus medallas lloramos hasta que se nos secaron las lágrimas. Así fue cada vez que le tocó recibir sus otras medallas. Tres de oro y dos de plata".
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En cuanto a la historia de amor, esta fue trágica entre comillas. Ynés cuenta que el día que regresaban a Lima el muchacho le entregó unas fotos a Rosa y le mandó unos besos volados. Ella lo miró desde el balcón. Ynés permitió la despedida y como el chinito solo hablaba inglés, la entrenadora hizo de traductora. "Rosa me pidió que le dijera que en esos días la había hecho sentir feliz. Yo le agradecí al chico por haberla cuidado. También le pedí que quedaran como amigos". Él entendió. Rosa se vino llorando en el avión y hasta el día de hoy tiene las fotos y el recuerdo de que en China flechó un corazón .
Hoy Rosa comienza nuevamente de cero. Debe participar en los torneos metropolitanos, acumulativos y nacionales para ganar su plaza para las Olimpiadas Especiales que van a ser en Atenas en el 2011. Mientras tanto, divide su tiempo libre en su preparación y para participar en la actividad Los Niños del Perú en Concierto, en donde gracias a la dirección de la bailarina Vania Masías ella y otros quince chicos de la casa-hogar San Miguel Arcángel se alistan para actuar el 19 de julio en el Parque de la Exposición de Lima. Nuevamente otra posibilidad para demostrar talento y entrega. De eso trata esta historia: de apoyo y reconocimiento, de sentirse solo y acompañado. Algo esencial para alguien que por alguna razón inexplicada fue abandonado.