Por Ricardo Bedoya
Luego de Nueva York, París es tal vez la ciudad más visitada por el cine. Y no solo por el cine francés. Desde Casablanca hasta Charada, pasando por Funny Face, Ratatouille y Todos dicen te amo, de Woody Allen, Hollywood la convirtió en escenografía real o virtual de romances e intrigas, siempre asociada a una idea de glamour fotográfico, con el Pont Neuf al atardecer y nostálgicos filtros difusores capaces de evocar, desde la resaca de todos los sentimientos, que "siempre nos quedará París". París te amo es una de esas películas de episodios que buscan hacer cartel con nombres prestigiosos agrupados en torno de una idea común, que suele ser vaga e inconsistente. En este caso, una declaración de amor a París suscrita por 18 directores de varios continentes -algunos más conocidos que otros- y figuras como Natalie Portman, Willem Dafoe, Gerard Depardieu, Sergio Castellito, Steve Buscemi, Catalina Sandino Moreno, Elijah Wood o Juliette Binoche. Es decir, un piqueo internacional servido con el cuidado necesario para evitar que se imponga un gusto particular o un estilo marcado, diferenciado o radical. Parte de la crema y nata del "cine de autor" contemporáneo (los hermanos Coen, Olivier Assayas, Nobuhiro Suwa, entre otros) se expresa en un esperanto que busca ser entendido aquí y allá, en Hollywood y en París. Después de todo, los 18 episodios se resuelven en trazos cortos, apenas en viñetas de cinco o seis minutos.
PELÍCULA ÓMNIBUS
Como ocurre siempre en estas películas antológicas u "ómnibus", los buenos episodios no abundan. Los mejores son pocos y llegan de pronto. Como el de Gus Van Sant, ambientado en Le Marais, que se reduce al monólogo apasionado de Gaspard, atraído de pronto, en fulminante "coup de foudre", por el joven aprendiz de una imprenta, que se limita a mirarlo con cierta divertida sorpresa. Van Sant filma el vehemente discurso amoroso con la mayor simplicidad, atraído a su vez por el porte del actor Gaspard Ulliel, de desaliño corporal y arrebato afectivo que parece transplantado del de los muchachos de Mi Idaho privado, Elephant o Paranoid Park. El final abierto del episodio "gay" de París te amo, con una carrera loca que recuerda la de Denis Lavant en Mala sangre, de Carax, es uno de los mejores de la película.
Place des Victoires, del japonés Nobuhiro Suwa, apela a dos géneros centrales en el imaginario de la cinefilia, a la que remite naturalmente una ciudad como París: el melodrama y el western. Suwa suele construir sus filmes desde el cotejo de su relación personal con clásicos que lo marcaron: en H/Story reelabora Hiroshima mi amor, de Resnais; en Una pareja perfecta remite a Viaje a Italia, de Rossellini. Su episodio de París te amo está urdido a partir de paradigmas fílmicos mayores: la imagen de la madre doliente, Juliette Binoche, que fue también la mujer en duelo de Azul, de Kieslowski, es central en el melodrama, mientras que su fantasía evasiva es la del cine mismo llegando para rescatarla del insoportable dolor.
UNA VIDA EN CINCO MINUTOS
Parc Monceau, del mexicano Alfonso Cuarón, muestra a un Nick Nolte que se va transformando, en el curso de un plano sin cortes, de seductor mayor en posible amante de una joven, y de allí en pareja celosa primero y tolerante después, y de repente en padre cariñoso y abuelo sacrificado y paciente. La trayectoria de una vida en cinco minutos.
Quartier des Enfants Rouges, de Olivier Assayas, es el que mejor aplica un dispositivo de puesta en escena para mostrar, en contados minutos, la relación entre una actriz norteamericana que filma una película de época en París y su proveedor de droga. La cámara de Assayas se mueve insistente, obsesiva, se pega a los actores, acosa sus cuerpos, no les da tregua, los sigue por diferentes escenarios. Y todo se desarrolla casi sin palabras, apenas con miradas y diálogos indirectos. Es una historia de deseo, necesidad, dependencia, decepción, manipulación y engaño filmada con febril parquedad.
Quartier Latin, de Frédéric Auburtin y Gerard Depardieu, vale sobre todo por la posibilidad de ver juntos, otra vez, a Gena Rowlands y Ben Gazzara, los actores fetiche de John Cassavetes. Es un diálogo de viejos que hacen y dicen cualquier cosa, intercambian recuerdos e ironías, fingen amarse y odiarse. La cámara está frente a ellos para rendirles homenaje, mostrando los gestos altivos de Rowlands y el caminar cansino de Gazzara, con su aire inmutable de sabio perdedor, tan bien aquí como en sus cintas con Cassavetes, o en Saint Jack, de Peter Bogdanovich.
Uno de los mejores episodios es el último, 14 éme Arrondissement, de Alexander Payne, que traza el paseo melancólico de una turista norteamericana por el París con el que soñó durante su ya larga y solitaria vida. En la banda sonora escuchamos la voz epistolar que describe decepciones antes que entusiasmos. De pronto, ante un paisaje cualquiera, fuera de los grandes monumentos y las imágenes de postal, la mujer descubre el sentido y la belleza de la ciudad en una conexión súbita, una epifanía que Payne apunta con pudorosa discreción, en el estilo de anotación impresionista que muestra todo el episodio.
Los episodios fallidos: El de la vampira con tratamiento de clip publicitario; y el del insufrible mimo en la Tour Eiffel.