"Le escribo porque mi situación es bastante complicada y el día se acerca. Vea usted, nunca he tenido ni enamoradas ni amigas. Lo que siempre he tenido son problemas para relacionarme con las mujeres. Mi colegio es sólo de hombres y por eso no sé cómo acercarme a ellas. Por mi barrio hay chicas muy bonitas, pero cada vez que intento iniciar una conversación se ríen o no me responden nada. Sé que mi físico no ayuda mucho: soy un poco gordito y no muy alto que digamos. No crea que no he intentado bajar de peso, he hecho cantidad y cantidad de dietas, pero nunca nada ha funcionado. Para mí que es algo genésico (creo que así se dice), o sea que como mis papás son medio gordos, yo también estoy condenado a serlo. Ni modo. Quizás si fuera flaco las chicas se fijarían en mí, pero no sé, no creo que lo de mi gordura sea todo el problema. Conozco a chicos más gordos que yo que tienen enamoradas súper simpáticas, cómo se explica usted eso. En cambio yo nada, no encuentro ni una amiga siquiera. Y en verdad soy una buena persona, tengo buenos sentimientos, nunca le faltaría el respeto a ninguna chica. (Es algo muy triste, eso del gordito feliz no se lo crea, Doctora). Soy un poco tímido, pero siempre he vencido mi timidez para tratar de conocer a una chica (sin mucho resultado, como puede suponer). He hecho todo lo posible para tener amigas, se lo juro. Hasta me metí a la Alianza Francesa, no porque me interesara mucho aprender el idioma, sino para ver si ahí podía conocer a alguien. Había una chica preciosa, Lucía. Trataba de conversar con ella, pero nunca me daba bola, seguro que tenía enamorado. Una vez le dije para estudiar juntos para una prueba que teníamos, pero me respondió que ella estudiaba mejor sola; le dije después para ir a tomar un helado, pero me dijo que a ella no le gustaban los helados. Con las otras chicas fue igual, todas me respondían más o menos lo mismo, que evidentemente era mentira, porque ¿a quién no le van a gustar los helados? Nunca más regresé a clases. Me metí después a un taller de poesía, y la historia se repitió, como era de esperarse. Allí la más bonita era Alicia, una chica de pelo negro larguísimo que se me metió en el corazón. Tanto, que le escribí un poema, el primero que hice:
Para mí, Alicia,
sería una delicia
recibir tus caricias.
No se lo llegué a entregar porque me dio vergüenza; si es que me hubiera dado bola, quizás me hubiese animado a dárselo, pero como no me aceptó la invitación a tomar helados, pensé que tal vez le iba a molestar que hubiese escrito algo de ella. Ahora tengo un montón de poemas, escribo siempre, y además tengo un diario donde apunto todas las cosas que pienso. ¿No cree que a una chica le gustaría estar con alguien tan sensible como yo?
El problema que tengo ahora es que en dos semanas es mi fiesta de promoción y como no conozco a ninguna chica no tengo a quién invitar. Hace dos meses pagué por la entrada, así que mi papá me ha dicho que tengo que ir de todas maneras porque no se va a perder la plata así nomás. Dice que si no consigo con quién ir que entonces vaya con Isabel, mi hermana. ¿Se imagina cómo se burlarían de mí en el colegio si me presento a la fiesta con mi hermana? Además Isabel es un poco gordita (por lo del problema genésico, usted sabe) y con el vestido blanco que usa para ocasiones especiales parece una teja. Yo me muero de ganas de ir a la fiesta con una chica más o menos bonita; entrar de la mano y que todos mis compañeros digan qué simpática la pareja de Toño, por fin la hizo. O en todo caso que no sea tan bonita, pero que sea buena gente y sepa bailar. ¿No tengo derecho a eso? Ese día todos la van a pasar muy bien con sus parejas y yo no quiero ser la excepción.
Le quería preguntar algo, Doctora... ¿No tendrá usted por casualidad una hija con la que pueda ir a la fiesta?, ¿una Enfermerita Corazón que me sonría y me cure el alma?"
(*) Este relato pertenece a Fiesta de promoción, que en breve aparecerá bajo el sello estruendomudo.