Por Erik Struyf Palacios. Corresponsal
BRUSELAS. Millones de ciudadanos de la Unión Europea siguen siendo víctimas de discriminación cada día. El año pasado, según revela un estudio publicado recientemente, uno de cada tres europeos fue testigo de una situación discriminatoria. Miles de europeos de origen magrebí pierden oportunidades de empleo por el sonido de sus apellidos o por el color de su piel, los ancianos reciben trato discriminatorio de las compañías de seguros y los homosexuales están impedidos de vivir en pareja, como el resto de la población. Pero los que sufren la discriminación y exclusión de modo más sistemático y alarmante son, sin duda, los gitanos.
A comienzos de junio, el Gobierno de Italia concedió poderes extraordinarios a los prefectos de Roma, Milán y Nápoles para afrontar lo que denomina la emergencia gitana, es decir, la "alarma social causada por la situación extremadamente precaria del colectivo gitano", que podría desembocar en "problemas de orden y seguridad públicos". En esos términos la ordenanza describe lo que en realidad "es un cargamontón contra una minoría a la que, a raíz de un par de incidentes o crímenes cometidos por algunos de sus integrantes, se estigmatiza en su conjunto", considera Pascale Charhon, directora de la European Network Against Racism (ENAR).
El último de estos hechos, un supuesto secuestro de un bebe italiano, desató una desmesurada ira entre los habitantes de Nápoles, que terminó a mediados de mayo con el incendio de varios campamentos en los que vivían cientos de gitanos. En esa ocasión, frente a los hechos de violencia, Humberto Bossi, de la xenófoba Liga del Norte y ministro de Reformas del Gobierno de Berlusconi, dijo: "Los napolitanos están haciendo lo que la clase política no ha cumplido con hacer".
Dos semanas más tarde el Gobierno se puso al día con sus 'deberes': con los poderes especiales otorgados a los prefectos, estos quedaron autorizados a "censar, realojar, alejar o expulsar, por vía administrativa o judicial", a los ciudadanos de etnia gitana. El martes de esta semana se supo que alrededor de 1.000 gitanos de Nápoles y Milán, incluidos menores, ya habían sido censados mediante la toma de huellas digitales, y que en el formulario de empadronamiento utilizado figuraba una casilla para especificar la etnia y religión.
Los métodos del ministro del Interior italiano, Roberto Maroni, han escandalizado a las organizaciones de derechos humanos, en particular a la comunidad judía de Italia que ve en ellos preocupantes semejanzas con las políticas racistas y xenófobas de Mussolini. El jueves, el pleno del Parlamento Europeo aprobó una moción que insta al Gobierno Italiano a que se abstenga de recopilar las huellas dactilares de la población gitana, "ya que esto constituiría claramente un acto de discriminación directo basado en la raza y el origen étnico, prohibido por el artículo 14 del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales".
LA PUNTA DEL ICEBERG
Las vicisitudes actuales de los gitanos en Italia son solo la parte más visible de las injusticias padecidas por este colectivo. A lo largo de la historia, desde el siglo XV, en Europa los gitanos han sido constantes víctimas de persecuciones y expulsiones, y donde no se les ha perseguido se les ha discriminado y excluido. "Los antecedentes primeros de esta situación se remontan a muy lejos en la historia. Por tratarse de comunidades inicialmente nómadas, con un modo de vida y unas costumbres muy propias, tradicionalmente fueron mal acogidas por las sociedades anfitrionas. A ellos hay que añadirle un racismo más 'clásico' del que fueron o son víctimas también los judíos y musulmanes", explica Pascale Charhon.
Con la caída del Muro de Berlín y el final de los regímenes comunistas en los 90, y más tarde con la ampliación de la Unión Europea a los países del centro y este del continente, quedó desvelada la situación de marginación y exclusión en la que viven millones de gitanos: "No se trata de un fenómeno nuevo, sino que hoy en día este es más palpable. En países como Rumanía, Eslovaquia, República Checa o Bulgaria, en donde alcanzan a representar entre el 5% y 10% de la población total, la minoría gitana tiene un acceso muy precario a la educación, los servicios de salud y el empleo.
"Están inmersos en un círculo vicioso", considera Natalia Alonso, experta de Amnistía Internacional. "Por ejemplo, en Eslovaquia, por lo general, los gitanos viven en campamentos instalados en las afueras de las ciudades. Por el difícil acceso a las escuelas, los niños pequeños no asisten a un jardín de infancia. Al llegar a primaria, como no hablan bien el eslovaco, los condenan a escuelas especiales para discapacitados. En otros casos, asisten a escuelas y colegios donde los separan de los demás chicos eslovacos y los sientan en aulas diferentes. Esta segregación conduce al abandono escolar temprano, que a su vez condena al desempleo. Sin trabajos dignos y bien pagados, las familias de gitanos se ven privadas de lo básico: vivienda, salud y otra vez educación".
Tanto Amnistía Internacional como la ENAR consideran que la participación de los gitanos en la política nacional y europea es clave para mejorar la situación de esta comunidad. La ENAR ha calculado que si el Parlamento Europeo reflejara la sociedad a la que representa, de los 785 eurodiputados, 16 deberían ser de origen romaní, puesto que esta comunidad constituye el 2% de la población total de la Unión Europea. En la actualidad, en un mundo menos ideal, hay solo tres representantes gitanos en Bruselas.
"Es urgente trabajar a favor de los gitanos, pero con los gitanos mismos", estima Charhon. "Pero para alcanzar un mayor grado de participación en política hace falta primero sacar a los gitanos de los guetos donde viven y darles acceso a una buena educación, como la que recibe el resto de niños europeos". En el contexto del acoso del que son víctimas hoy en día en Italia, las organizaciones defensoras de los DD.HH. no pierden la esperanza de que la Unión Europea y sus estados miembros por fin adopten medidas concretas y suficientes para proteger a la minoría gitana en general. De lo contrario, Europa tendrá otra razón para avergonzarse.
¿Quiénes son y dónde están?El número de gitanos desperdigados por el mundo se estima en 12 millones. La gran mayoría, unos 10 millones, vive en Europa. Estas cifras son aproximaciones, pues el estilo de vida nómada de una parte de los gitanos, y su desconfianza en las instituciones de los países donde residen, ha dificultado la realización de censos rigurosos y frecuentes.
En función de diferencias territoriales, dialécticas y culturales se pueden distinguir cuatro grandes familias gitanas: calderas (originarios de los Balcanes, partieron rumbo a Norteamérica y Sudamérica), calé (instalados en el norte de África, la península Ibérica y el sur de Francia), manuches o sintis (presentes en las fronteras entre Francia y Alemania) y romanichels (numerosos en Inglaterra y Estados Unidos).
El país con mayor presencia de este grupo es Turquía. En los países del centro y este de Europa el porcentaje de gitanos respecto de la población total oscila entre el 5% y 10%. En España viven alrededor de 500.000, en Francia 300.000 y en Alemania 120.000.
En Italia se calcula que viven 150.000. El 50% de ellos son ciudadanos italianos, el 25% proviene de otros países de la Unión Europea y el restante 25% de países terceros.
Su esperanza de vida en Italia es de 35 años, la mortandad infantil es 15 veces mayor que el promedio.
EN PUNTOS
Tres personajes célebres
1. Jean Baptiste 'Django' Reinhardt (1910-1953), guitarrista de jazz de origen gitano nacido en Bélgica. Fue el primer músico de jazz originario de Europa que ejerció una gran influencia en el género. Su música fusionó el swing y la tradición musical gitana del este europeo.
2. Juscelino Kubitschek de Oliveira (1902-1976), político brasileño. Presidente de su país entre 1956 y 1961. Su padre fue brasileño y su madre fue maestra de origen checo.
3. Sergio Celibidache (1912--1996), nacido en Rumanía, uno de los más destacados directores de orquesta del siglo XX. Dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín y la Orquesta Nacional de Francia.