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Un fotógrafo mimado

PALABRAS MAYORES.  Alberto Prado creció como un infante rico: tuvo carro y moto en el colegio. Cuando todo se vino abajo solo sabía tomar fotos. A sus 74 años es más que un fotógrafo de mujeres desnudas.

Desde su antiguo y deslucido departamento de la avenida Colonial, Alberto Prado evoca la belleza de las mujeres que posaron desnudas para él y la época de bonanza durante su niñez. En esos tiempos su padre era el gerente de una empresa estadounidense que traía equipos cinematográficos al Perú y Prado, el hijo único de una familia que veía en el trabajo del patriarca la fuente inagotable de dinero. Un mundo de fantasía que hizo de él un niño mimado. Un joven que creció sometido a las órdenes de sus padres por conveniencia y comodidad. Un hombre que se vio perdido cuando todo se vino abajo.

Era la década del sesenta y el joven Prado no había acabado la secundaria porque cada vez que reprobaba alguna asignatura, en lugar de ser castigado era premiado. Primero le regalaron una motocicleta y luego un auto. Entonces cuando su padre tuvo problemas con la compañía, él descubrió que no sabía hacer nada. Tenía 30 años y la única herramienta de trabajo que sabía manejar era una cámara fotográfica con la que había retratado reuniones familiares de chico.

"La fotografía fue mi salvavidas. Luego le agarré el gusto y me di cuenta de que era creativo. El fotodesnudo me daba esa facilidad", dice el hombre de 74 años que en su juventud fue llamado pecador por una exposición a mujeres anónimas que se presentaban ante la sociedad a través de su cuerpo. "A mí me han dicho de todo", rezonga. Una exposición en el 75 lo rebautizó: el fotógrafo de las calatas lo apodaron. La etiqueta hizo que se alejara de sus amigos de colegio.

El hombre que ha desvestido a más de cien mujeres para que posen ante su lente parece un jubilado buscando una reivindicación final. En marzo último fue operado y le pusieron tres 'by pass' en el corazón. Prado dice que se sorprendió de la tranquilidad con la que entró en la sala de cirugía. "Tenía curiosidad por ver qué podía encontrar si pasaba el muro", confiesa.

Ha empezado a escribir sus memorias para aclarar que no solo ha retratado desnudos. "Los fotógrafos de élite han sido despectivos con mi trabajo", protesta.

La primera foto que hizo Alberto Prado fue para la revista "Perú Moda". Al lado de un alemán y de Jorge Neumann disparó sus primeras impresiones. Tenía 34 años y no conocía lo que era ganarse un sueldo. Sus padres le habían prohibido trabajar porque eso significaba que necesitaba dinero. "Mi vida era una vitrina", dice. Su padre lo presentaba en eventos sociales realizados durante las visitas de funcionarios norteamericanos vinculados a la industria del cine. Prado solía filmar esas veladas.

En una de esas noches conoció a Mario Moreno Cantinflas. "A él le llamó la atención que a mi edad tuviera la mejor cámara de 16 milímetros con tres lentes. Se asombró. Me ofreció llevarme a México para aprender. Parece que fue un arranque del momento porque nunca más supe de él", cuenta.

-- ¿Le hubiera gustado ser cineasta?
-- Sí, me gustaba dirigir, pero me prohibieron hacer televisión cuando estaba en Estados Unidos. Pienso que debí haberme rebelado.

Fue con su trabajo en Sears que empezó una vida real. Luego editó la revista del Sheraton y la fantasía se apoderó de él otra vez. Prado volvió a recobrar lo que tanto le había costado desprenderse: su conducta de niño rico, de 'McPato' o 'Platudis', como le decían en su colegio. "Hubo uno que me llamó 'Miseria' con mucha clarividencia", bromea.

Llevaba a los amigos a comer a restaurantes caros y pagaba mediante canje con solo firmar. Otra vez su nombre tenía cierto poder. Prado ha vivido de un día para otro, ajeno al futuro, pese a tener cuatro hijos con su primera esposa, uno con la segunda y dos con su última pareja. La foto publicitaria le permitía tener una vida cómoda mientras ponía en practica su pasión por los desnudos.

-- ¿Cómo pasó al desnudo?
-- No recuerdo ni te puedo decir qué le dije ni por qué. Fue en el 59. No hubo ningún romance.

Prado ha preferido borrar ciertos episodios que le han ocasionado más de una ruptura de pareja. "Luego vino otra más que tampoco me acuerdo para qué vino. La trajo su mamá y, mientras ella estaba afuera, yo estaba adentro haciéndole fotos desnuda. No me acuerdo nada más", relata.

El hombre dice que ha hecho de psicólogo para convencer a las chicas para que se desvistan, que tenía una comunicación estrecha con ellas. "Los motivos que han tenido para fotografiarse han sido increíbles: lo hacían porque el padre las agredía y las martirizaba o el novio no las quería o les sacaba la vuelta. Era su liberación", cuenta.

Cuando Prado encontraba una modelo en potencia iba detrás de ella para convencerla. Con algunas después sostenía un romance. "Esos eran mis pecados. He cometido muchos excesos que no me los aguantaban mis parejas ni tenían por qué hacerlo", admite. Por eso cuando en la década del ochenta llegó al diario "La Prensa", al inicio fue visto con desdén. En ese diario creó Tomas y Temas, una sección dedicada a la imagen y donde se hacían paseos con los lectores, quienes sacaban sus primeras instantáneas.

Después creó El Gran Salón Fotográfico Nacional, un concurso con una gran exposición en el centro comercial Camino Real, donde el público votaba. Este es uno de los grandes logros del hombre que soñó de joven con ser piloto aéreo. "Habrá sido la mejor época de mi vida, tenía tantos amigos en 'La Prensa'. Me han aguantado todas mis bestialidades", sonríe.

Prado no ha tenido ese ritmo que marca el transcurso de los años hasta llegar a la vejez. No tiene jubilación ni seguro médico, solo subsiste gracias a la ayuda económica de sus hijos, de un compañero de colegio y de su gran amigo y socio Héctor, con quien disfrutaba de fiestas en su estudio llamado La Azotea Fotográfica. Él trabaja de jardinero en EE.UU. y siempre se acuerda de mandarle dinero. El fotógrafo pasa sus días escribiendo sus memorias y editando un libro de sus mejores desnudos. Quiere hacer un concurso de fotos para adultos mayores. También quiere aprovechar el máximo tiempo posible con sus hijos. Le preocupa que hablen de él como un enfermo sexual. El niño mimado que creció ajeno a la realidad al fin parece haber madurado:

"Quiero que ellos se queden con una visión más centrada de lo que he hecho, que he pretendido que tenga una trascendencia: las revistas y libros que he editado, El Gran Salón Fotográfico. Que sepan que hay algo más que una mujer desnuda".

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