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UN ENFOQUE SOBRE NUESTRA RELACIÓN CON BOLIVIA

La diplomacia de la tolerancia

Por Ernesto Velit Granda. Analista político

Unas expresiones impertinentes, por llamarlas de alguna manera, hechas públicas por el presidente Evo Morales sobre el cambio físico y político del presidente Alan García iniciaron un desagradable intercambio de palabras entre mandatarios, al que se sumó la cancillería peruana, lo que ha traído como consecuencia un distanciamiento diplomático que resulta más inoportuno que nunca, dadas las circunstancias.

Por si fuera poco, y dando muestras de que el Gobierno Peruano había acusado el golpe, nuestro embajador en La Paz fue llamado de inmediato como prueba de que se consideraba, por parte del Perú, el incidente como un hecho grave, diplomáticamente hablando.

Los medios de información no demoraron en alinearse, según sus propias interpretaciones. Hubo quienes reclamaban terminar nuestra relación diplomática con Bolivia y, felizmente, quienes llamaban a la ponderación y a la tolerancia buscando salvar una amistad que la historia ha fortalecido y que las circunstancias actuales aconsejan preservar.

Sin duda, las declaraciones del presidente Morales representan una grave intromisión en la política interna del Perú, algo que es nuestro patrimonio y donde no tiene derecho a intervenir, y por ello sus opiniones resultan extrañas e impertinentes. Pero de allí a pedir el fin de nuestras relaciones diplomáticas con Bolivia y, lo más grave, nuestro retiro de la CAN hay una distancia que no puede ser ignorada ni dejada de evaluar en sus consecuencias bilaterales y subregionales.

Se agrega a este ófrico escenario nuestra queja ante la OEA, posterior e inútilmente minimizada en su trascendencia por Torre Tagle, lo cual significa en pocas palabras la internacionalización de un incidente que no debió salir de su legítimo espacio.

El canciller boliviano ha buscado recuperar la relación, dejar fuera la "no aceptación de disculpas", como dijo el presidente García, y convencernos de que en este desa-guisado nadie gana.

¿A quién perjudica esta esgrima verbal, inoportuna e imprudente? A todos, subregión incluida. Pedir el retiro peruano de la CAN es mirar el árbol y no el bosque. Estamos cerca de acordar una relación comercial, aunque hoy algo escabrosa, con la Unión Europea, para lo cual se nos exige unidad en el bloque andino. Estamos, igualmente, buscando diseñar una posición firme, homogénea y ética frente a las agresiones que la política migratoria europea pretende implementar contra los inmigrantes indocumentados, en franca violación de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y nos enfrentamos al desafío histórico y geopolítico de construir la unidad de las naciones sudamericanas (Unasur), cuya trascendencia estratégica en el mundo de hoy es vital en el escenario internacional.

Y no olvidemos los poco sinceros acercamientos de Chile a Bolivia, sospechosamente intensificados en los últimos tiempos, buscando incorporarla a su trinchera internacional y usarla para defender su posición ante la Corte de Justicia de La Haya.

La disyuntiva, en esta ocasión, es muy clara: cuanto más lejos del Perú más cerca de Chile.

Por estas razones, quizá perfiladas desordenadamente, reclamamos arreglar nuestro diferendo con Bolivia pronto, dando una lección de tolerancia ante lo que parece inexperiencia del Altiplano, usando la ecuanimidad y la vocación de paz como armas tradicionales de nuestra política internacional y, sobre todo, sin perder la visión del bosque.

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