Por Abelardo Sánchez León
En Vitebsk, el pueblito ruso donde nació Marc Chagall, no se conocía la palabra 'artista'. Existía en el diccionario, pero nadie la había pronunciado en aquella aldea de campesinos y comerciantes. El misterio que más me impresiona, leyendo su libro "Mi vida", es que haya sido artista como salido de la nada y que supiera desde niño aquello de pintar "a lo Chagall". Era tímido, tartamudo, poco osado, no obtuvo beneficios de los bolcheviques y, sin embargo, se metió en el lío de fundar una escuela de pintura en su pueblo natal y a organizarles un museo. Este hombrecito frágil, de mejillas rosadas y mirada inocente, se metía en lo social a través del arte.
"Mi vida" fue escrita entre los años 1921 y 1922, cuando tenía 35 años. Chagall vivió, sin embargo, hasta los 98, y su autobiografía condensa lo principal de su arte: las costumbres rurales judías, su vocación artística, su amor con Bella, su viaje juvenil a París, la Revolución de 1917. Chagall solo fue fiel a su estilo de ver el mundo y de pintarlo. Es interesante comprobar cómo ve él los sucesos históricos, a sus personajes y a los simples mortales.
Leyendo su pequeña autobiografía pienso en la relación, siempre incómoda, de los artistas con la política. Los artistas, escritores e intelectuales --hay matices entre esas palabras-- pocas veces obedecen las consignas de los mítines. La reciente visita de Gabriel García Márquez a Fidel Castro, por ejemplo, debemos entenderla como la despedida de un amigo leal, más allá de las coyunturas políticas. Mario Vargas Llosa salió escaldado de su experiencia política activa de la década del noventa, Chagall perdió la confianza en la gente en aquel proyecto de fundar una escuela de pintura, pues alumnos y profesores lo traicionaron y lo dejaron por abrazar interesadamente las posturas ideológicas de la revolución sobre el arte.
¡Pero qué falta hacen los artistas! Quizá Carla Bruni sea la única en el escenario, pero ella salió sin elegancia al escuchar el disparo en el aeropuerto de Tel Aviv. Qué bien le haría a la política mundial una sonrisa esperanzadora de Chagall o un consejo, como si fuese un niño, a George Bush. Que esa sonrisa la reconociera Alan. Y no es que Chagall opinara, él quería enseñar a pintar sin consignas, con gran respeto por los demás, sin imponerse, gritando o escupiendo, feliz, porque al abrir la ventana de su cuarto ingresa un inesperado aire azul. O ve una de sus vacas. O uno de sus parientes subido al tejado.
La política está monopolizada por los políticos. Sería excelente si se pudiera refrescar con ciertos colores, con ciertas palabras, con una mirada menos astuta, maliciosa o llena de rencor.