Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador *
Las luces se han apagado y la pantalla de proyección se ha convertido en el rectángulo que recibe todas las miradas. La antropóloga mexicana Constanza Ocampo da unos pasos, se para adelante y, cual comediante en espectáculo nocturno, nos lanza una pregunta a los varones presentes: "¿Cuánto tiempo esperarían ustedes para tener sexo con su pareja luego de que ha dado a luz?". Algunas manos se levantan, y Constanza sonríe con las ocurrencias que se desgranan. Desde la penumbra, yo le agradezco esa buena onda que ha empezado a desplegar: ella ha tenido la gentileza de apartar unas horas de su estadía en Lima para contarle a la gente de mi empresa de qué manera la antropología puede ser usada para desarrollar productos y servicios. De todos los ejemplos que menciona, uno en particular llama mi atención. Ocurre cuando en la pantalla aparece la foto de un lodge turístico en las montañas de Montana, en Estados Unidos. Aquella es una zona de pastoreo de ganado y, también, de lobos que acechan. El lobo que Constanza hace aparecer a continuación en la pantalla es un animal soberbio. Tan hermoso como inquietante. Al ver a tan majestuoso espécimen, imagino a los encargados de mercadeo del lodge fantaseando con el folleto y la promesa perfecta para publicitar el hospedaje: "Venga a ver a los lobos en su ambiente natural". Pero esta promesa puede ser irresponsable si se contrasta con la realidad: los lobos que osan acercarse a los rebaños suelen ser recibidos por escopetazos de los pastores. Al saber este dato, ¿se puede seguir prometiendo lo mismo y dormir con la conciencia tranquila? La solución al dilema de cómo publicitar el lodge salió, finalmente, del conocimiento antropológico de Constanza. En su momento, ella se hizo la siguiente pregunta: ¿cómo hace la tribu de los masai en África para pastorear sus rebaños sin tener que necesariamente matar leones y otros depredadores? La respuesta es que los masai agrupan a sus rebaños en grupos manejables. Duermen con ellos. Y los mueven constantemente. Este conocimiento fue el que inspiró, finalmente, una nueva estrategia de mercadotecnia con una nueva experiencia que ofrecer: en vez de un llamado a "ver lobos", la invitación se convirtió en un "ayúdanos para no verlos". De esta manera, los clientes que estuvieran buscando hacer turismo vivencial podían experimentar lo que significa ser un pastor que usa su sabiduría para evitar la presencia de los lobos. Es decir, los turistas no solo podían cuidar el ganado a su cargo, sino también la vida de los hermosos depredadores.
Hace un tiempo, en este mismo espacio, comenté de qué manera los comunicadores y creadores de productos solemos ser indiferentes con las ciencias sociales, ignorando que en ellas hay un enorme cúmulo de conocimientos que desperdiciamos en nuestra suficiencia. En los últimos años he tenido la fortuna de trabajar en mi empresa con biólogos, sociólogos, educadores y antropólogos, además de periodistas, artistas y publicistas. Y al hacerlo, me queda claro que mi crecimiento profesional no solo se debe a la confluencia de estos conocimientos tan distintos: también radica en la suma de sus distintas éticas profesionales, las cuales pueden hacer más honestos nuestros trabajos. De no haber recibido el tenaz aporte de Constanza, la publicidad del lodge norteamericano no solo hubiera sido prometedora en exceso: también habría sido poco empática con la conservación de una especie salvaje. Y ya que acabo de mencionar la conservación de una especie, ¿sabía que los hombres de la tribu dani, de Papúa Nueva Guinea, esperan cinco años antes de volver a tener sexo con su pareja luego del parto? Aunque presumo que este dato antropológico sí va a ser más difícil de aplicar en el desarrollo de un producto.
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