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CARTA DEL FIN DEL MUNDO

'Un lugar llamado deseo'

Por Maki Miró Quesada

Cuando se vive en el fin del mundo el regreso a la llamada civilización produce más de un choque emocional y si uno se descuida, físico también. Lima con el pasar de los meses está cada vez mejor, qué duda cabe; el resto del Perú 'je ne sais pas' pero nos queda la esperanza que el famoso chorreo le llegue algún día a todo el país, Inch Allah. Porque esta ciudad recuperada de un abismo que parecía no tener ni fondo ni remedio se está convirtiendo en una vitrina de luxe no solo para el país, sino para toda la región y podemos darnos con la situación que la mitad de los peruanos, o algo menos, se queden la nariz pegada a la vitrina de la pastelería con un hueco en el estómago mirando a los limeños comer pasteles. En Lima abundan los pasteles y la recién estrenada bonanza ha traído su secuela de inconvenientes y molestias; no se puede hacer omelette sin romper huevos y en este caso sin romper calles. Por lo menos esa es la explicación que dan los locales cuando uno se queja del tránsito atroz --tráfico se emplea para el tema de las drogas y no de los coches-- que asfixia a Lima a todas horas. Una ida al Centro toma casi una hora, ídem ir de Miraflores a Monterrico --fijo que los que se fueron buscando la calma ahora deben estar pitando a diario dentro de los 4 x 4 atorados en la Javier Prado Este, mismo Manhattan en hora de punta. Después de recibir claxonazos en los tímpanos y pasarnos horas en el carro y dos semanas debajo de la nube gris, que mi amable marido ya aprendió a llamar 'panza de burro', necesitamos calma y sol. Una amiga acertada sugiere 'Máncora' --a nosotros la palabra nos suena 'mágica'-- y un nuevo hotel llamado deseo. A la bajada del avión en Piura el aire que nos recibe es cálido, la brisa suave y el cielo azul pero el camino a Máncora está flanqueado de chozas pobres, caseríos abandonados y pozos de petróleo oxidados. La ruta es larga pero no es mala y si uno se concentra en la siempre sorprendente belleza del desierto, la calma regresa poco a poco. Los últimos kilómetros se recorren dando tumbos por un camino de tierra con muchos baches detrás de las paredes que esconden las casas y hoteles de las Pocitas y cuando asoma el mareo y la paciencia está llegando al límite el taxi da un último frenazo y nos encontramos frente al paraíso. El hotel solo tiene siete habitaciones y veinte días de estrenado pero el diseño es impecable y está lleno de detalles absolutamente refinados que lo definen y lo hacen excepcional para Máncora o para cualquier parte del mundo ('Dios está en los detalles'). El edificio es blanco y los acentos son turquesa, las habitaciones tienen terraza privada, cortinas de gasa blanca que ondean al viento, camas de extraordinario confort, sábanas y toallas de la mejor calidad pima que desgraciadamente rara vez usa la hotelería en el Perú, plasma con 500 canales y un iPod personal que nos entregan al llegar junto con dos pareos para usar en las instalaciones y llevarnos de regalo. El estilo es cien por cien design, más Casa Bella que Philippe Starck lo cual con la proliferación mundial de hoteles tipo Starck es más bien un alivio. El personal joven y bien uniformado está aún un poco nervioso pero tiene la amabilidad propia de los peruanos; el chef propone cosas deliciosas pero eso en el Perú ya no es una novedad, aquí la gente come bien sí o sí. Es un placer deslizarse descalzos por los pisos frescos de piedra cortada a la romana y nadar en el 'infinity pool' mirando al Pacífico azul, escuchando lo mejor del Buddha Bar con un daiquiri al alcance de la mano. Una corta visita al pueblo de Máncora es una gran decepción. Esperábamos Kuta Beach con palmeras, chiringuitos coloridos en la playa y guapos surfers y nos damos con un pueblo polvoriento cruzado por la Panamericana Norte. Volvemos rápidos al oasis del hotel llamado deseo, aunque no se escriba así.

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