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LA SEMANA QUE PASÓ

Aquí se opera con alicates

Por Pedro Ortiz Bisso

¿De qué sirve gritar que llevamos 83 meses consecutivos de crecimiento económico si en la sala de operaciones del hospital El Carmen, ubicado a menos de seis horas de Lima, se usan taladros y cizallas para intervenir a los pacientes? ¿No parece surrealista que se generen arduas discusiones sobre el porcentaje que debería tener el PBI cuando hay médicos que deben usar alicates para salvar vidas?

La noticia llegada de Huancayo a media semana parecía plagiada del argumento de una de esas truculentas películas de horror que cada temporada inundan las salas de cine para deleite de algunos despabilados adolescentes. Pero esto no era "Saw", "Hostal" o "Masacre en Texas", ni había un loco con una máscara de jugador de hockey blandiendo un ensangrentado machete. Era realidad pura y áspera, sin efectos especiales. Su guion había sido escrito en alguna atiborrada sala de emergencias, inspirada en la desesperación de médicos y malheridos, y su realización apuntalada con altas cuotas de improvisación, atrevido ingenio y no pocos instrumentos de ferretería.

Tamaño escándalo merecía una respuesta rápida de los responsables. O al menos un gesto firme que implique un interés sincero en ponerle fin a esta espantosa situación . Sin embargo, aunque los clichés de siempre estuvieron ausentes --nadie pidió una comisión investigadora, afortunadamente--, la respuesta resultó un monumental absurdo: el ministro de Salud le echó el bulto al presidente regional y este, de taquito, se la devolvió en pared y acusó al Gobierno por demorar la entrega de recursos. Mientras ambos jugaban al gran bonetón, se suspendieron las operaciones en El Carmen y se trasladaron a otro hospital de la región, el Carrión, que pronto quedó desbordado en su capacidad. Allí los instrumentos quirúrgicos también escasean y vaya usted a saber si en unos días sus médicos no tendrán que echar mano de las cizallas de sus colegas. En tanto, el deshilachadísimo pollo de este mordisqueado sánguche, los pacientes, malviven a la espera de que se acuerden de ellos.

El Perú eufórico de las cifras continúa lejos del Perú sufrido de la calle. Seguimos sin hacer lo suficiente para acabar con esta salvaje contradicción.

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