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HABLE CON ELLA

El cine y sus perversiones

Por Marcela Robles

Soy adicta. Y mi adicción crece a medida que avanza la tecnología que alimenta mi vicio, que no mata de placer, como algunos otros. Mi amigo más querido me comenta al salir de ver "París, yo te amo", que cómo habrán bajado nuestras expectativas con respecto a los estándares de buen cine, que cuando vemos algo tan excitante nos sorprende ese arrebato de entusiasmo tan poco frecuente luego de abandonar una sala limeña.

Y es que en el caso de este filme salimos encendidos, con ganas de repasar cada escena, como releyendo los pasajes de nuestros libros favoritos. Lo opuesto al (sin)sabor que nos dejan las películas mediocres sobre las que no hay nada que decir. ¿Puro entretenimiento o embrutecimiento puro? Porque reconozco que soy capaz como cualquiera de disfrutar a forro de una película deliciosamente ligera, y de conmoverme viendo "Shrek", pero digamos que hay que matizar el menú para no idiotizarnos.

El sello español Melusina acaba de reeditar un libro de Ilya Ehrenburg, el escritor, poeta y activista soviético que mereció en 1960 el Premio Lenin de la Paz, "La fábrica de sueños", en traducción de Jorge Ferrer. Un grupo de textos publicado en los años 30 que no ha envejecido tanto como se esperaba, dada la evolución del séptimo arte. Las reflexiones intoxicantes de Ehrenburg analizan la iniciación de lo que se ha convertido en una de las industrias más fructíferas, y cuentan con virulencia cómo el cine estadounidense se convirtió en garante ideológico y vehículo del sueño americano. Pero ese es otro cantar, cuya tonada tampoco hay que ignorar, ya que esto no ha cambiado en las carteleras de los cines alrededor del mundo.

Es fascinante comprobar cómo la evolución vertiginosa de los soportes mediáticos nos hace imaginar el advenimiento de un nuevo lenguaje audiovisual, que además de entretenernos también sirve para difundir la diversidad cultural, sacarnos de nuestras casillas y ponernos de rodillas frente a la realidad, o meternos en esa parte de nosotros mismos que habíamos olvidado que existía.

La fábrica de sueños ha despertado. Recordemos entonces la naturaleza, los peligros y las bendiciones de este universo de la imagen, que ya no está constituido en exclusiva por el cine, sino también por la televisión, video e Internet; formas renovadas de suministrarnos la ración de opio diaria, o develarnos verdaderas epifanías.

La televisión, llamada caja boba, tiene sus momentos inteligentes; aunque esto no incluya la televisión local, salvo magníficas excepciones. Me refiero a parte de la programación que se emite a través del cable, en la que podemos ver cine independiente; esas producciones que no se exhiben en las salas porque no son consideradas comerciales, ni podrían inundarnos con el olor a tabaco que fuma el personaje (es lo único que falta), financiado por las tabacaleras.

Se trata de magníficas películas que podemos disfrutar en la intimidad. Por citar un par de ejemplos, pude ver "Stand By", de Rock Stéphanik, que entre muchos otros mereció el Premio a Mejor Ópera Prima en el Festival de Cine del Mundo de Montreal (2001), y "Nueve vidas" (2006), de Rodrigo García, el hijo de Gabo. O series fuera de serie, cuyos libretos están escritos por los mejores guionistas del medio, como la ya finalizada "Six Feet Under"; "Dr. House" o "Dexter", por mencionar solo algunas de mis favoritas. Por eso, ya no encenderemos la tele para quedarnos dormidos o embobados, ahora la veremos para despertar.

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