ENTREVISTA. Diamela Eltit
Por Enrique Planas. Enviado especial
SANTIAGO DE CHILE. Su casa ofrece el testimonio de su peregrinaje. Ángeles peruanos, textiles bolivianos, calaveras mexicanas, además de caprichosas piezas de platería y cerámica y todo tipo de antigüedades. Su casa, en el bohemio barrio de Ñuñoa, es un exceso barroco, sin una pared libre de objetos, lo que significa que en cada rincón hay una historia para contar. Y en ella nos acoge Diamela Eltit, la escritora chilena más prestigiosa en su país, quien forma parte de la delegación de escritores chilenos invitados a nuestra Feria Internacional del Libro. Entusiasmada por volver al Perú, por reencontrarse con amigos escritores, por participar del homenaje que la Cámara del Libro ofrecerá al crítico Julio Ortega, y por recorrer las más auténticas tiendas de artesanía peruana llevada por su olfato de coleccionista incurable, la escritora nos visita con su más reciente libro para compartir: "Jamás el fuego nunca".
Más allá de los eventuales enfrentamientos en el ámbito político, es curioso ver que los vínculos entre la literatura peruana y la chilena resultan más fuerte que con otros países cercanos...
Desde los años 70 estoy atenta a lo que puedo capturar de la literatura peruana. Tampoco es fácil. Sabemos más de lo que se publica en España que lo que se escribe en el Perú. Pero hay un flujo local y tuve la suerte de acceder a ciertos debates sobre poesía peruana a partir de libros y revistas. No hablemos de los autores más canónicos, como Arguedas o Vargas Llosa, que siempre están allí. Yo buscaba atravesar esa brecha y llegar a la literatura más local. Recuerdo que, muy joven, en una liquidación de libros, buscando en el canasto de libros baratos, encontré uno que me abrió una perspectiva muy interesante, muy estimulante. Era una novela de Eielson: "El cuerpo de Gulia-no". Me encontré con una novela muy subjetiva, en un momento en que el macrorrelato, aquellos grandes libros con muchos personajes, la "novela total" como postulaban, estaba de moda. Después encontré un libro que me fascinó por su realismo extremo: "Montacerdos", de Cronwell Jara. Esos encuentros fueron muy estimulantes para mí. Eran libros que no pasaban la frontera, eran solo para una élite lectora. Para mí, eran mi capital cultural. Mis amigos peruanos me dieron la posibilidad de ser una hiperlectora de textos muy sofisticados que aquí no habían sido leídos.
Los lazos entre dos tradiciones poéticas como la peruana y la chilena parecen encontrarse en la certeza de que son las mejores de la región...
Además, no olvides que el norte chileno es una zona común. Tiene un tránsito permanente, hay tradiciones comunes. La frontera es muy difícil, sobre todo las fronteras psíquicas. Pero ese es un tránsito que va más allá de las fronteras. Allí, "El zorro de arriba y el zorro de abajo", de Arguedas, podría ser, literalmente, un libro mitad peruano y mitad chileno.
¿Con una presencia de 100 mil migrantes peruanos en Santiago, podría hablarse en el mediano plazo de una literatura peruano-chilena, fruto del mestizaje?
Yo encuentro que, para nosotros, la migración peruana ha sido bastante estratégica en el tema de la comida, cosa que puede parecer banal pero no lo es. Nos ha cambiado el nivel de la comida. Objetivamente, sabemos que junto con la mexicana, la peruana es una de las gastronomías más poderosas del mundo. Nuestra comida es más opaca, nosotros no tenemos grandes historias culinarias. Y esa diversidad de sabores ha llegado por aquí. Un restaurante peruano, por más pequeño que sea, es mucho mejor que cualquier otro chileno. Esa es una aportación evidente. Por otro lado, yo escucho una radio dirigida a la colonia peruana y me doy cuenta de lo bien que están organizados. Tienen un periódico, un sistema de microcréditos, etc. Es una colonia joven que ya está tejiendo redes muy fuertes. Las migraciones económicas son inestables, y puede que muchas de estas personas regresen por las buenas condiciones económicas del Perú, pero otras se quedarán.
EL FUEGO Y LA CÉLULA
Tomando prestado un verso de Vallejo para el título, en "Jamás el fuego nunca", su más reciente libro, Eltit nos conduce, a través de su magistral uso del idioma, a conocer a dos sobrevivientes de luchas pasadas, hoy en el más absoluto abandono social. Como un par de cuerpos dolidos y solitarios extendidos sobre una cama, la novela va entregando a cuentagotas detalles de sus vidas, unidas por la militancia política. Como pareja, ambos ya no se soportan, pero a pesar de ello siguen juntos sobre el colchón. Soledad, opresión y un mundo cerrado en el que el único paseo puede ser el que une la cama con el baño, es la historia de dos vidas miserables que, en su momento, cuando jóvenes, pensaron que podían cambiar el mundo. En tiempos que los escritores de moda optan por la novela histórica, o abandonan toda reflexión para dedicarse simplemente a contar historias, Diamela Eltit parece haber escrito esta novela como una provocación al lector adormecido. "Creo que tiene que ver con mi imaginación más profunda el hecho de que siempre trabaje con espacios pequeños" --me explica la escritora--. "Cuando son espacios asfixiantes, como puede ser una cama, tú tienes una cierta restricción desde el punto de vista de la movilidad de la escritura. Y allí está el desafío del autor. Por otro lado, yo defiendo la existencia de opciones más "aéreas" en la literatura, el mundo de la ficción es bastante grande. Pero yo transito otros espacios, más pequeños, más acotados y parciales. Allí me siento cómoda. No es una opción, sino algo inevitable para mí.
Curiosamente, solemos relacionar la cama, el espacio de su novela, como un espacio únicamente erótico...
Culturalmente y estéticamente, la cama ha estado estrechamente asociada al erotismo. Pero en este libro yo me fui a otra cama, podría llamarla 'la cama-cuerpo', que tiene que ver con el sujeto y el peso de su cuerpo, la incómoda sensación del propio cuerpo al lado del cuerpo del otro, en cierto modo condenados a la misma cama. Al respecto, la sexualidad en este libro está fuera.
En la novela, la cama es el espacio de la reflexión personal de alguien que tiene un profundo desencanto de la militancia política. Supongo que ello revela también su desencanto personal.
No tan linealmente. Yo tengo, entre muchos, dos defectos: tengo esperanza y optimismo. Quizás por eso escribo. Socialmente, pienso que el sujeto es sorprendente. Aunque prácticamente todos los escenarios están trazados por distintas formas de poderes que parecen inamovibles; sin embargo, de pronto la historia nos sorprende con cambios. La historia va abandonando sus sujetos de poder y los recambia. Los pensamientos más convincentes en una época se acaban y quedan atrás, dejando con ello mucha gente rezagada, presa del pasado. Para escribir la novela, me interesaron esos cuerpos excluidos por los discursos dominantes. Es muy interesante porque ellos tuvieron la historia a su disposición. Y fueron desalojados.
Parte del desencanto que se vive en Chile por la política tiene que ver con los escándalos de corrupción de la coalición gobernante, que, se supone, se diferenciaba de la derecha por su moral...
El poder es muy visceral y requiere cuerpos fuertes para soportarlo. A veces, su ejercicio es violento y hay gente débil que no lo soporta. Claro, yo no pienso que toda la política sea corrupta, pero creo que tiende a serlo. Y algunos cuerpos entran al juego de distintas maneras, desde la apropiación de dinero hasta el tráfico de influencias, el amiguismo desenfrenado o el nepotismo, cosas que van envileciendo el espectro político. Pasa en todas partes, no solo en el Gobierno, en los espacios culturales, en el trabajo. Somos sujetos frágiles frente al poder.
Una imagen poderosa en el libro es el símbolo de la célula, que además de su sentido biológico se aplica en la estructura de la militancia política...
Me interesa cómo lo social se funda, a veces, en terminologías orgánicas. De pronto, apareció en el texto el tema de la célula, y recordé que parte de la composición social está sacada de la biología. Es interesante cómo el discurso social se naturaliza...
¿Además del título tomado de un verso de "Trilce", cómo le ayudó Vallejo en una novela como esta?
La poesía tiene algo maravilloso: la economía. Admiro y envidio esa síntesis. Y en ello, Vallejo es descollante. Sobre todo en su relación con el cuerpo. A Vallejo lo leí entero hace muchos años. Y lo que me quedó fueron los huesos rotos, la sensación de un mapa corporal hecho pedazos. Creo que eso fue importante en este libro. Y Vallejo tenía que aparecer, pues es una de las referencias más estables que yo tenía sobre el cuerpo. Incluso me dio el título.
PERFIL
NOMBRE Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949).
TRAYECTORIA Escritora y profesora universitaria, Eltit ha articulado un proyecto de escritura muy particular que involucra una constante reflexión sobre los espacios y las subjetividades marginales, construyendo una de las narrativas más audaces en el ámbito latinoamericano. En el semestre de otoño de 2007 ha sido profesora visitante en el Departamento de Español de New York University.
OBRA Está compuesta por las novelas "Lumpérica" (1983), "Por la patria" (1986), "El cuarto mundo" (1988), "El padre mío" (1989), "Vaca sagrada" (1991), "Infarto del Alma" (1994, en colaboración con Paz Errázuriz), "Los trabajadores de la muerte" (1998), "Mano de obra" (2002), "Puño y letra" y "Jamás el fuego nunca" (Seix Barral, 2007).