Por José Quezada Macchiavello
Ha desatado una polémica la pretensión de la plana directiva del Conservatorio Nacional de Música por hacerse de una historia de 100 años, asumiendo la trayectoria de la Academia de Música y Declamación --dedicada a satisfacer a las señoritas limeñas de la república plutocrática-- y de la posterior Academia Alcedo. En una ciudad que se cree fundada por Taulichusco --no por Pizarro de quien denosta-- no extrañan estos problemas de identidad.
Al parecer la decisión soslaya la importancia del acto creador y verdaderamente transformador que dio origen en 1946 al Conservatorio Nacional de Música. Transformar, precisamente, es transmutar una cosa en otra. Una cosa deja de ser y deviene otra distinta. Dejó de ser la academia y el conservatorio fue creado en 1946, por gestión de Carlos Sánchez Málaga, su primer director.
La creación de un centro formativo de carácter profesional fue un hecho real, por más de que este acto tuviera legalmente el carácter de "transformación" y que burocráticamente la transformación resulte ser algo menos significativo. Es incomparable además el concepto serio y profesional que imperó en la nueva institución y el estilo de academia de aficionados que la antigua academia exhibía, considerada por el propio gobierno, lejana de cumplir algún objetivo en torno a la formación de profesionales. En pocos años hubo una formación seria de compositores y solistas, concursos de cuartetos de cuerda y coros integrados por alumnos, por citar solo algunos logros, algo que la antigua academia nunca se propuso siquiera.
No fue solo un cambio de denominación, como sí ocurriría años más tarde cuando en los 70 el conservatorio pasó a ser denominado Escuela Nacional de Música. Pero mantuvo, al menos en lo formal, el carácter de institución formadora de músicos profesionales. No se transformó en otra cosa. No obstante era incomparable --y hasta ahora lo es-- con el nivel del conservatorio de fines de los 40. Fue invadido entonces por prédicas seudorrevolucionarias, por la ideologización de la cultura, por profesores que consideraban a Beethoven algo que todavía tenía alguna utilidad, pero que en algún momento debía ser abolido y, en consecuencia, por la "música comprometida". A volver la democracia más o menos superó estos traumas.
En 1946, no se cristalizó, sin embargo, la afiliación a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, como pretendía Carlos Sánchez Málaga con el respaldo de Luis Alberto Sánchez. Tampoco en 1960, cuando se sumó a esta iniciativa del fundador César Arróspide. La música profesional se estancó 60 años. Ojalá que pronto se materialice una verdadera transformación y los músicos obtengan títulos de nivel universitario. Que la ley pase del papel a la práctica. Que la carrera de educación musical deje de ser aquella a la que derivan a los que supuestamente tienen menos talento. Y que ocurra que la vida musical del Perú progrese con mejores oportunidades de trabajo para los músicos y con una educación musical escolar, que ahora es privilegio de pocos centros educativos.