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EDITORIAL

La Cantuta: fin de un doloroso capítulo

Dieciséis años después del crimen de La Cantuta se va cerrando simbólicamente uno de los capítulos más infames de abuso de poder y violación de derechos humanos en nuestro país. Luego de un largo, complejo y doloroso proceso, los restos de los nueve estudiantes y un profesor que fueron secuestrados, asesinados y sus cuerpos desaparecidos han sido devueltos a sus familiares para que cumplan en significativa ceremonia con velarlos y enterrarlos.

Ha sido muy emotivo que sus restos sean paseados en seis pequeños féretros por diversas instalaciones de la universidad de donde fueron sacados violenta e ilegalmente por un grupo de militares para que nunca más regresaran con vida.

Pero junto con este acto de reivindicación social, quedan algunos asuntos pendientes en el plano judicial. Hoy en día, Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos y Nicolás Hermoza Ríos son procesados por barbaries como esta y la ciudadanía espera una justa y ejemplar sentencia.

Del mismo modo, algunos integrantes del homicida Grupo Colina aguardan fallos jurisdiccionales, en tanto que otros ya han sido merecidamente condenados. Aquel múltiple homicidio ocurrido en 1992, que primero fue negado por el gobierno fujimorista al tiempo que felicitaba y ascendía a los homicidas, no puede quedar impune.

Al contemplar el juicio a Fujimori, resulta patético escuchar las cobardes versiones de los militares implicados en este salvaje acto. Resulta repulsivo ver cómo esta gavilla, que nada tiene que ver con los heroicos militares que derrotaron a los senderistas, usaron instalaciones militares y contaron con toda suerte de beneficios para cometer crímenes repugnantes.

La gran lección no solo punitiva sino ética del caso La Cantuta es que el Estado bajo ningún motivo puede caer en los métodos sanguinarios del terrorismo.

En esta etapa final de una larga lucha, vale la pena destacar la porfía y tesón de los familiares y organizaciones de derechos humanos que, pese a las amenazas de la dictadura, nunca retrocedieron en su demanda de justicia. Hoy que impera la luz democrática, el Perú hace bien en juzgar con rigor los abusos del poder de tiempos recientes de oscurantismo. La impunidad no puede prevalecer en un país que lucha por la reconciliación nacional y por restañar las heridas de la violencia.

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