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ANÁLISIS

El efecto Obama y la seguridad internacional

Por Román D. Ortiz. Analista político*

La política no es un juego racional. Miedo, hastío o fascinación se han combinado a lo largo de la historia para empujar a los pueblos a respaldar a líderes con planteamientos incoherentes o visiones equivocadas que terminaron hundiendo a sus naciones en turbulencias o crisis que podían haber sido evitadas. Seguramente es un ejemplo manido, pero también inevitable recordar al francés Daladier y al británico Chamberlain recibidos en sus respectivos países como héroes por una multitud que los consideraba salvadores de la paz después de haber claudicado ante Hitler en la Conferencia de Múnich en 1938. Un espejismo construido sobre la total ignorancia de la naturaleza del régimen nazi que quedaría hecho añicos unos meses más tarde cuando las orugas de los tanques germanos aplastaron Polonia.

Algo de ese entusiasmo irreflexivo parece rodear a las multitudes que han envuelto al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU., Barack Obama, durante su reciente periplo internacional. A juzgar por la fascinación suscitada, parecería existir entre muchos la convicción de que el indiscutible poder seductor del aspirante a la Casa Blanca fuera suficiente para frenar las ansiedades nucleares de Irán, capturar a Bin Laden o revertir la escalada del precio del crudo. De hecho, si los ciudadanos de Europa y Medio Oriente pudiesen votar en los comicios norteamericanos, parece indiscutible que Obama sería el seguro ganador de la carrera presidencial. Sin embargo, la gran paradoja es que precisamente las posiciones del candidato demócrata vitoreadas desde Ammán a Berlín prometen poner en cuestión algunas de las políticas que han garantizado la seguridad y la paz de muchos de aquellos que han acudido a calles y plazas respondiendo a la moda de la obamanía.

En términos generales, el programa internacional del candidato demócrata parece ocultar la voluntad de llevar a cabo un repliegue global norteamericano detrás de un discurso sobre unos EE.UU. menos intervencionistas y más dispuestos a escuchar a las "otras partes" entendidas como norcoreanos estalinistas o fundamentalistas palestinos. Las señales en esta dirección abundan. Ahí está, por ejemplo, el discurso de Obama en Alemania cuando señaló su voluntad de reforzar los lazos entre Washington y Europa; pero también la necesidad de que los países del Viejo Continente hiciesen más en Afganistán. Y qué decir del asunto del libre comercio, en el que el aspirante a la Casa Blanca ha manifestado su oposición a la firma de nuevos tratados que abran el mercado estadounidense a los productos de sus aliados. Una posición que promete asestar un golpe demoledor a la economía colombiana y, de paso, a las perspectivas de una paz definitiva en el país andino.

En otras palabras, Obama representa un giro en las prioridades políticas estadounidenses que darían la espalda a un mundo crecientemente desordenado y peligroso para optar por concentrarse en los asuntos domésticos. Un cambio en el que perderían muchos, desde los europeos obligados a asumir solos su propia defensa hasta los latinoamericanos forzados a encarar sin ayuda la marea bolivariana agitada por la Venezuela de Chávez. Desde luego, este giro no es completamente nuevo. Desde hace décadas, los presidentes demócratas han mostrado una inclinación menos entusiasta por ejercer el liderazgo estadounidense en el mundo. Y para muestra, ahí esta el caso de la administración Clinton a finales de los años 90 cuando impulsó la aprobación de un plan Colombia concebido como un programa de asistencia de seguridad para Bogotá que debía enfocarse exclusivamente en la lucha antidrogas mientras se ignoraba la amenaza terrorista representada por guerrillas y paramilitares. Una diferencia entre una "guerra buena" y una "guerra mala" que resultaba surrealista para cualquiera que conociese aunque fuera por la televisión la lógica del conflicto colombiano.

En cualquier caso, la versión Obama de este repliegue estratégico podría ser más desestabilizadora que la de sus precedentes demócratas. Por un lado, debido a que se trata de una propuesta más radical de la misma medicina. De hecho, Clinton firmó un tratado de libre comercio con México mientras que los asociados de Obama torpedeaban otro con Colombia. Por otra parte, y esto es lo más grave, el mundo ha cambiado radicalmente desde que la última administración demócrata disfrutó de los "felices 90" tras la caída del muro. Entonces, los terroristas capaces de demoler edificios enteros parecían un guion de Hollywood y el barril de petróleo por encima de los 125 dólares una profecía ecologista de tono apocalíptico. Pese a estas pesadillas echas realidad, Obama insiste en que es posible una rápida retirada estadounidense de Iraq --dejando que las segundas reservas de crudo del mundo se hundan en el caos-- y que se puede hablar con organizaciones terroristas como Hezbolá o Hamas.

Semejante perspectiva debería generar menos entusiasmo en las capitales recorridas por Obama y más preocupación sobre cómo podría ser un mundo posterior a los atentados del 11 de setiembre, donde EE.UU. optase por replegarse sobre sí mismo. Un escenario que invita a recordar el saldo dejado por la presidencia de Jimmy Carter como otra administración demócrata que alcanzó la Casa Blanca en la estela de la crisis del partido republicano tras el escándalo Watergate y la dimisión de Richard Nixon. Entonces, Carter llegó con un programa de política exterior que anunciaba un cambio radical en el comportamiento internacional de EE.UU. Cuatro años después, los rusos estaban en Afganistán, los ayatolas en Irán, los sandinistas en Nicaragua y el mundo se dirigía hacia una segunda Guerra Fría, que se desataría con toda su virulencia durante los años 80. Pero desde luego, ese no tiene que ser el desenlace de una presidencia de Obama. ¿O tal vez sí?

* COORDINADOR DEL ÁREA DE ESTUDIOS DE SEGURIDAD Y DEFENSA FUNDACIÓN IDEAS PARA LA PAZ

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