Por: Juan Paredes Castro |
La elección de hoy en el Congreso tiene a dos candidatos disputando la presidencia voto a voto y una incógnita del tamaño de una catedral sobre lo que puede pasar en este poder del Estado durante los próximos 12 meses.
El Congreso se ha convertido, en las actuales circunstancias, en la fuente generadora de mayor incertidumbre política del país, a tal punto que de la nueva Mesa Directiva solo puede esperarse dos cosas: más de lo mismo o lo que es peor: el colapso de cualquier posibilidad de mejora del trabajo legislativo, hasta que las próximas elecciones nos deparen una suerte distinta si las ánforas nos lo permiten.
En efecto, los candidatos Javier Velásquez Quesquén y Víctor Andrés García Belaunde no son capaces de creer ni en sus propias candidaturas, porque a estas alturas ambas representan más un cálculo variable de votos recogidos de aquí y de allá que un compromiso serio y en bloque de las bancadas que dicen representar. Es más: cualquiera que resultara ganador sabrá que su presidencia estará hipotecada, en el primer caso, al fujimorismo, y, en el segundo, al humalismo, cuyas presiones sobre la Mesa Directiva se ejercerán no pensando precisamente en los intereses del país ni del Legislativo sino en los que cada una de esas agrupaciones maneja de cara al 2011 y a los juicios que enfrentan el presidente que nos gobernó del 90 al 2000 y el candidato presidencial del 2006 Ollanta Humala, para citar solo un par de cosas puestas en los últimos cubiliteos.
No creemos que por puro altruismo político el fujimorismo vaya del brazo del Apra, como tampoco creemos que por un arranque de desprendimiento patriótico el humalismo radical haya resuelto respaldar como candidato a un hombre de alcurnia acciopopulista como Víctor Andrés García Belaunde. Igualmente no sabemos si una vez elegidos Velásquez Quesquén y García Belaunde serán capaces de deshacerse de sus eventuales convivencias contra natura y si sus parejas de fórmula serán también capaces de aceptar y resistir rupturas o traiciones de esa índole.
Nunca antes los partidos políticos habían arrastrado al Congreso a una situación de suma cero como ahora, corolario ya advertido que debe servir para meditar sobre los cambios radicales que demanda el sistema político.
En medio de este naufragio legislativo no descartamos la milagrosa operación de rescate que podrían hacer Velásquez Quesquén y García Belaunde de sus propias candidaturas para ofrecernos la posibilidad de una presidencia libre de hipotecas y digna de hacer un trabajo parlamentario realmente decente y eficiente.
Quizá porque en el Congreso no hay grandes sueños tampoco hay grandes realizaciones.