En una saludable contramarcha, el Gobierno ordenó publicar la versión preliminar del reglamento sobre transgénicos, para recoger el aporte de los técnicos, expertos y otros representantes de la sociedad civil involucrados en tan delicado, complejo y riesgoso tema.
Como postulamos en esta misma columna hace unos días, no se trata de prohibir a rajatabla el uso de transgénicos, donde hay avances evidentes en producción, productividad y hasta resistencia a pesticidas. Pero tampoco se puede ignorar que una de las riquezas principales de nuestro país es su amplitud y diversidad biológica, que debe preservarse de manipulaciones o contaminaciones indeseadas y peligrosas.
Y, en consonancia, pedíamos un debate amplio, que es lo que ha propuesto ahora el propio presidente Alan García. Solo así podrán promoverse los consensos necesarios para articular un reglamento que aporte a la productividad agrícola y a la biotecnología, no afecte nuestra agricultura y recoja las amplias recomendaciones internacionales de la ONU al respecto.
El tema no debe politizarse. La ley ya fue aprobada y lo que se necesita ahora es que el reglamento precise aspectos polémicos y evite distorsiones y daños posteriores.
Estas normas deben ser compatibles con los planes de desarrollo nacionales y con las necesidades de los pequeños, medianos y grandes agricultores. Hoy, recordemos, los países desarrollados están valorando mucho más la agricultura orgánica, como la peruana.