Por Álvaro Roca-Rey
En el siglo XVI, el conquistador español Francisco de Orellana y sus hombres partieron hechizados por el mito de El Dorado. Después de muchas penurias y vicisitudes, recorrieron y bautizaron el gran río como Amazonas y terminaron en el Océano Atlántico, por donde retornaron a España desencantados por no haber hallado la codiciada fortuna. Irónicamente, y por cosas de la época, nunca supieron que realmente habían descubierto uno de los mayores tesoros del planeta: lo que realmente merecería llamarse El Imperio del Amazonas.
Han pasado cinco siglos y ahora los peruanos abrimos al mundo entero las puertas del río océano y de sus secretos. Qué otra forma de descubrirlo que recorriéndolo, y de qué mejor manera que a bordo de una embarcación que evoca a Fitzcarraldo y a Julio Verne, pero con la refinada comodidad de una especie de barco boutique.
Llegamos al embarcadero de Iquitos de noche -cuando el misterio es aun mayor- y del muelle nos llevaron en canoa a una isla flotante. Luego nos embarcamos y en cuestión de minutos nos asaltó la seductora sensación de estar en otro universo. De ahí en adelante la voluptuosidad de las experiencias fue en aumento y descubrimos que el legendario Amazonas es como un descomunal árbol echado por cuyo tronco surcamos y cuyos infinitos afluentes serían sus ramas.
Nos preguntábamos qué nos convidaría esta aventura y, asombrados, vimos por ejemplo que el agua pardo amarillenta se disfrazaba de rosado y celeste al atardecer, de bermellón y dorado al amanecer, y en otros momentos de argento, índigo, verde o negro intenso. Sus lagunas se convierten en espejos que le roban al cielo y al entorno del bosque sus gamas. Quedamos fascinados ante un enorme despliegue de frutas exóticas, tibias aguas, peces gigantescos, mariposas fabulosas, animales insólitos, aromas agrios, dulces y desconocidos, lluvias diluvianas, mosquitos feroces, delfines rosados, embarcaciones extrañas, flores legendarias, sonidos intrigantes, aves de belleza inigualable, canales retorcidos, árboles extraordinarios, poblados remotos.
A los habitantes de ese edén, el bosque les brinda plantas comestibles y curativas, carnes, frutas, miel, abrigo y fuego. En torno a él erigen sus valores culturales y místicos y es gente particularmente amable. Las mujeres tienen ojos de forma de navaja, cabellera de color negro casi mineral y una ancha sonrisa. Ellas tejen, recolectan y laboran en diversas actividades, rodeadas de numerosos niños alegres, curiosos y a veces tímidos con el visitante. Los hombres, de hermosos cuerpos, cual lustrosa madera, pescan, cazan y cultivan. Estas comunidades viven en total equilibrio con la naturaleza, pues mantienen una economía de subsistencia. Venden o truecan sus excedentes del huerto, de la caza o de la pesca para adquirir lo que no producen: kerosene, redes, herramientas y otros utensilios.
La visita a nuestro paraíso perdido es ineludible para un peruano.