Por Farid Kahhat. Internacionalista
En la película "La comezón del séptimo año" un marido, que hasta entonces había sido escrupulosamente fiel, se ve repentinamente turbado por la belleza e ingenuidad de su nueva vecina, lo que pone su matrimonio en la picota. Dado que la vecina fue encarnada por Marilyn Monroe, su belleza era, en efecto, perturbadora. Su ingenuidad, en cambio, era un mero ardid del guion cinematográfico. Sin embargo, desde el estreno de la película, en 1955, la tasa de divorcios en EE.UU. ha crecido de manera tal, que el matrimonio promedio no alcanza a someterse a la prueba del séptimo año.
En la política de EE.UU., en cambio, la comezón electoral comienza de manera usual durante el octavo año: desde que en los cuarenta se limitara a uno el número de reelecciones inmediatas, solo en una ocasión el partido en el gobierno logró mantener la presidencia por tres períodos consecutivos (o, en otras palabras, gobernar por más de ocho años).
Tal parece, pues, que en esta ocasión hasta la anécdota favorece a Barack Obama. Porque también juegan a su favor las dos variables que, a juicio de los académicos estadounidenses, suelen predecir con un alto grado de precisión el resultado de una elección presidencial: de un lado, el nivel de aprobación del presidente saliente y, de otro, el estado de la economía durante el año previo a la elección. A la fecha, George W. Bush es el presidente con el menor nivel de aprobación ciudadana desde que existen encuestas sobre la materia. En cuanto a la economía, el debate alfabético sobre la recesión en ciernes tiene resonancias parvularias: la pregunta clave es si la recesión tendrá forma de V (por ejemplo, una caída relativamente pronunciada, pero seguida de una rápida recuperación), o forma de L (por ejemplo, una caída abrupta, seguida de un largo estancamiento).
Si unimos eso al hecho de que Barack Obama es el político estadounidense de mayor carisma desde John F. Kennedy (paralelo que Obama cultivó de manera explícita al emular el multitudinario discurso de aquel en Berlín), la pregunta no es por qué lleva la delantera en la intención de voto. Es, más bien, por qué todavía hay encuestas de opinión en las que su margen de ventaja bordea el empate técnico.
Tal vez no haya una respuesta clara y contundente a esa pregunta, pero podríamos sugerir algunas hipótesis. Una primera tiene que ver con los cambios sociodemográficos que, contra los pronósticos de la teoría de la modernización, han hecho de EE.UU. un país menos secular y (asociado a ello de manera habitual, aunque no necesaria), más conservador: según las encuestas, por cada dos estadounidenses que se consideran liberales, hay tres que se proclaman conservadores. Y aunque ese conservadurismo suele expresarse en temas sociales antes que políticos (por ejemplo, la oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo), para un sector del electorado tiene una influencia crucial al momento de decidir su voto. De hecho, apelar a los valores tradicionales fue parte de la estrategia que permitió a George W. Bush obtener, en su momento, más del 40% del voto de la comunidad latina, que hasta entonces constituía un bastión electoral del partido demócrata.
Pero en EE.UU. esos 'valores tradicionales' no solo estuvieron asociados a la santidad de la familia como núcleo básico de la sociedad, sino también a la noción de un orden estamental, con escasa movilidad social. En 1967, por ejemplo, la mayoría de los gobernadores en el sur del país eran segregacionistas (es decir, partidarios de la separación entre blancos y negros en los espacios públicos). En una encuesta nacional realizada ese año, solo el 53% de los ciudadanos se mostraban dispuestos a votar por un negro para presidente, y solo el 57% hubiera elegido a una mujer. Fue entonces cuando emergieron los movimientos contraculturales (por ejemplo, hippies, feministas, activistas por los derechos civiles), a los que el conservadurismo culpó por la presunta decadencia moral que padecía la sociedad estadounidense. El cambio político que produjeron a su paso fue, sin embargo, encomiable: cuarenta años después, una encuesta revela que el 94% de los estadounidenses votaría por un candidato negro a la presidencia, y el 90% elegiría a una mujer. Sin embargo, cuando a esos ciudadanos se les pregunta si el país está listo para elegir a un negro o a una mujer como presidente, esos guarismos caen en unos 15 puntos porcentuales. Lo cual podría revelar un sustrato de ambigüedad entre parte de quienes responden de manera afirmativa a esas preguntas o, simplemente, su incredulidad ante la respuesta afirmativa de una parte de sus compatriotas. Y es curioso que a nadie se le haya ocurrido preguntar cuantos estadounidenses estarían dispuestos a votar por un musulmán para presidente, teniendo en consideración que tanto el padre como el padrastro de Barack Obama profesaban esa religión, y que los republicanos no escatiman esfuerzos para representar a Obama como un criptomusulmán que intenta pasar de incógnito.
En buen cristiano, es probable que un sector del electorado sienta la comezón del octavo año, pero prefiera resistir el escozor con estoicismo, antes que aceptar el bálsamo ofrecido por Barack Obama.