Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador
En las semanas previas a este último 28 de julio fui testigo de tres representaciones de amor a la Patria que me han llevado a poner comillas en el presente título.
De la primera fui testigo cuando visité un colegio limeño gracias a una invitación de sus alumnos de quinto de secundaria, quienes habían leído una de mis novelas. Llegué a media mañana y un sol insólito brillaba en mitad de nuestro invierno. Las paredes que circundaban el patio tenían grandes mensajes en papel de lustre que hablaban de amor al Perú. El suelo retumbaba: ahí estaban los alumnos del colegio, marchando sobre el concreto tibio en un ensayo que les estaba empezando a sacar sudor. Un instructor los supervisaba cejijunto, y el director observaba las disciplinadas columnas con complacencia. En mi colegio ocurría algo parecido, y los profesores nos decían que esa marcha alineada a cocachos era una manera de amar a la Patria. En el colegio de mis hijas, en cambio, los pequeños celebran las Fiestas Patrias bailando distintas danzas del Perú, vestidos a la usanza de las regiones que les tocan y entre los palmoteos de sus padres y profesores de folclor. La diferencia es clara: mientras que para mí --y para los niños que visité-- el mensaje es que al Perú se le puede llegar a amar con la imposición de una disciplina, para mis hijas no queda un mensaje, sino una emoción: a las personas y entidades se las ama en la medida en que se acumulan lindas experiencias juntas.
De la segunda estampa de amor no fui testigo, sino protagonista por invitación: un coronel retirado le escribió a este Diario acusándome de ser bajo de espíritu porque mi último libro muestra en su carátula la efigie de un guachimán, de pie, en un pedestal que una estatua de Francisco Bolognesi ocupa en la realidad. Aparte de que el redactor de la carta es un acucioso observador, ¿qué más puedo decir? Que el coronel Bolognesi, al contrario de mí, sí tenía un gran espíritu. Y que por eso mismo, si hubiera vuelto a abrir los ojos en estos tiempos y se hubiera topado con mi libro, seguramente habría sonreído con buen humor, complacido de que otros peruanos lo acompañen en su pedestal para aportar, cada uno a su manera, a la grandeza de su tierra. Pero que, en cambio, habría vomitado al ver por la televisión a varios generales de su ejército enjuiciados por complicidad con un régimen corrupto.
La tercera finta de amor ya la conoce usted. Los peruanos la hemos visto hasta en la sopa del menú de a luca: Leysi Suárez, una vedette local, tuvo en días pasados al Ministerio de Defensa y a muchos políticos en su contra por haberse tomado una foto a caballo, calata, sentadita sobre una bandera peruana. Caramba, dije yo. Otro caso de confusión amorosa. Igualito al que experimenté cuando fui testigo de que una vecina, conocida mía, se arrodillaba ante la efigie de un Cristo besándole los pies con ternura, pero que al volver a casa seguía tratando como un estropajo a sus empleadas. Amor por el símbolo, y no por lo simbolizado. Por la forma, y no por el fondo. El amor a nuestro Perú no se juega en las canchas superficiales de la bandera, del escudo o del himno. Se juega en el tránsito, cuando cedemos nuestro espacio a los demás ciudadanos. En los trámites, cuando preferimos esperar algo más en lugar de hacer más sobornables a nuestros funcionarios. En las elecciones, cuando votamos informándonos alguito más que en la vez anterior. En la calle, cuando nos guardamos una cáscara en el bolsillo hasta que aparezca un tacho. Y, si me permiten la inmodestia, incluso en este artículo: sabe Dios que he rumiado varios insultos mientras lo escribía, pero no hubiera sido muy constructivo hacerlos trascender a una dimensión más pública.