Por David Hidalgo Vega
El comunero Segundo Villanueva, un hijo modesto de Cajamarca, encarnó años atrás el último episodio de iluminismo bíblico en los Andes: condujo a su pueblo a una tierra prometida, continentes y mares de por medio, sin más brújula que sus ganas de creer. El tema despertó titulares en su momento, con la noticia de los campesinos peruanos que optaron por refugiarse en esa zona de Medio Oriente donde la guerra parece la continuación de la religión por otros medios. Pero lo que ha quedado claro ahora, gracias a la periodista y escritora argentina Graciela Mochkofsky, es que tras el Moisés andino hay una epopeya universal. "Es la historia de un hombre que busca la verdad por medio de la fe", dice la autora. En el tortuoso camino que debió sortear está la parábola más cruda: toda revelación está empedrada de sacrificios.
Mochkofsky tuvo noticia de esta historia por Internet. Un día encontró la carta abierta de un rabino de Estados Unidos que pedía ayuda económica para una comunidad de peruanos conversos al judaísmo que ahora vivían en los territorios ocupados por Israel en Palestina. Ella se comunicó al teléfono disponible y pidió alguna forma de contacto. "Me dieron los teléfonos de las hijas de Segundo Villanueva en Tapuaj, que es la colonia en donde viven", recuerda. Su llamada fue recibida con gusto por las mujeres de la familia Villanueva. Les propuso visitarlas para recoger su travesía. Ellas aceptaron. Varios viajes a Israel y al Perú le permitieron reconstruir este virtual salmo de convicción.
Segundo Villanueva era hijo de un campesino al que asesinaron cuando él era adolescente. Su historia dice que su herencia crucial fue una Biblia. "En ese momento experimenta un sobrecogimiento, una epifanía, y decide que toda la verdad de Dios está en ese libro", refiere Mochkofsky. Segundo llegó a conocer los textos como nadie y eso lo llevó a las primeras dudas. Algunas afirmaciones no le parecían convincentes. Así empezó una búsqueda espiritual que lo llevó primero a la iglesia protestante, luego al adventismo, a las iglesias evangélicas y más tarde a fundar su propia iglesia cristiana sabatical con influencia judía. Abrazaba cada fe con un rigor extremo, hasta que alguna debilidad canónica lo desanimaba y empujaba al cambio. En ese recorrido iba acarreando a grupos de seguidores que en el momento máximo debieron sumar trescientas personas.
Villanueva no era un tipo carismático. Tampoco tenía condiciones especiales para la oratoria. Aun así logró movilizar a esa gente según las iluminaciones de su fe. En cierta época condujo a sus seguidores en una primera travesía hacia la selva, donde fundó un nuevo Monte Sinaí. "Allí descubre accidentalmente, por medio de un periódico, que Israel existe realmente y que su pueblo eran los judíos de los que hablaba la Biblia", señala Graciela Mochkofsky. Entonces empezó su acercamiento a la colonia judía de Lima para ser aceptado como converso. Averiguó, viajó, presentó solicitudes que fueron rechazadas una y otra vez por los rabinos. "Eran vistos como cholos que buscaban ascender socialmente", comenta la autora, quien recibió esa versión de algunos miembros de la propia comunidad judía que fueron testigos del proceso.
Segundo Villanueva no se amilanó. Aprendió hebreo con un diccionario regalado casi como premio consuelo por un rabino. Enseñó a los suyos. Soportó el cierrapuertas de las sinagogas y más rechazos de quienes no estaban convencidos de su fe. "Una tradición judía plantea que se debe rechazar varias veces a un aspirante a converso para probar su determinación", explica Mochkofsky. La de este hombre era inaudita. En cierto momento, empapado ya de su fe definitiva, anunció a su gente que Jesús no era el Mesías y fue acusado de Anticristo. Poco después planteó que todos los hombres de su grupo debían ser circuncidados y soportó más deserciones. Un nuevo viaje a Trujillo, segundo periplo bíblico, lo puso en el umbral de su destino.
Esta historia está llena de revelaciones que Graciela Mochkofsky ha reconstruido con un nivel de detalle extraordinario: desde el concurso bíblico que permite el primer viaje de un discípulo de Villanueva a Israel hasta la reacción de rabinos y otros personajes influyentes del judaísmo al enterarse del caso. Una de estas impresiones pertenece a Jonathan Seagal, un aventurero inglés de origen judío, discípulo del rabino que dedicó toda su vida a buscar las diez tribus perdidas de Israel por el mundo. "Seagal llega escéptico, pero encuentra esta gente pobrísima, con una fe que casi no se veía en los judíos de nacimiento, y esa noche rompe en llanto", comenta la autora.
El proceso de conversión fue larguísimo. En los años noventa, tras décadas de sacrificios, un primer grupo de la comunidad consiguió llegar a Israel. "Fueron 200, pero con el tiempo viajaron casi 200 más", comenta Mochkofsky. Asentados en una de las zonas más críticas de la ocupación israelí en los territorios palestinos, su vida sería satisfactoria, pero no sin sobresaltos. La violencia lastimó a varios. Era un precio terrenal que no esperaban por ese paraíso o así debió creerlo el Moisés andino cuando murió a inicios de este año. Seguía siendo Segundo, el patriarca inconforme, pero se llamaba Zerubabel Tzidkiyá.