POLÉMICA
Por Daniel Córdova. Economista
La propuesta del presidente Alan García al Congreso de la República sobre la posible creación de un ministerio de cultura ha tenido un pequeño logro: se ha abierto un debate sobre la promoción de la cultura.
Los más entusiastas desde la izquierda, como el conocido jurista y melómano Enrique Bernales, han manifestado su aquiescencia con la creación de un ministerio de la cultura, aunque citando a Luis Alberto Sánchez quien alguna vez le dijo que al Ministerio de Economía nunca le interesará el tema. El escepticismo provino de muchos lados, incluido el sector empresarial dándole la razón al prejuicio según el cual la racionalidad económica o empresarial y la cultura son como el agua y el aceite.
Y es que algo hay de cierto. La tradición en la que vivimos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, fue la de un divorcio entre la racionalidad económica y la vida cultural. La generación que fue joven entre los años 60 y 90 vio convivir --no sin notables excepciones-- a un mundo cultural en donde predominaron las ideas de izquierda y el desprecio por lo empresarial, con una élite ganada por lo utilitario y la incultura. Todo en el marco de un estancamiento económico y cultural.
Felizmente, con el siglo XXI, el crecimiento económico y la apertura a la globalización, las cosas están empezando a cambiar. La avidez por gozar de la cultura viene ahora acompañada por empresas exitosas. La demanda y la oferta cultural se están dinamizando. Cada vez son más los artistas que pueden vivir de su trabajo. Todo sin ayuda del Estado.
Lo primero que ha saltado a la vista de tirios y troyanos, qué duda cabe, ha sido el 'boom' gastronómico. Siempre con un componente de esnobismo, implacable acompañante de todo fenómeno cultural. Pero notable, empresarial y cultural, al fin y al cabo. Junto con la expansión restauradora, empresas promotoras de teatro, como Raquel en Llamas, llenan auditorios, como la mayoría de obras que se estrenan en Lima todas las semanas. El Museo de Arte de Lima, bajo una gestión con racionalidad económica, va mejor que nunca (no así la Escuela de Bellas Artes). La Feria Internacional de Libro (FIL), atiborrada de lectores, le causa una sana envidia al escritor chileno Jorge Edwards. Es cada vez más difícil conseguir entradas para el Festival de Cine Latinoamericano. La librería Crisol organiza cierrapuertas y El Virrey debe estar generando ingentes ganancias capitalistas.
No se trata de caer en una ingenuidad conformista. Seguimos siendo provincianos del mundo. Pero solo se puede dejar de serlo, poco a poco, y al margen de grandes iniciativas estatales.
¿Qué puede entonces hacer el Estado en ese contexto? Actuar mediante programas puntuales de promoción que tengan sentido cultural y racionalidad económica a la vez. Para muestra dos botones.
El primer botón tiene que ver con el patrimonio cultural que está bajo su administración. La alternativa de concesionar sitios turísticos y de rentar por largos períodos piezas arqueológicas a museos de países desarrollados colisiona con el nacionalismo telúrico de muchos, pero generaría valor ahí donde hay solo "capital muerto", como decía Marx.
El segundo: dotar de partidas presupuestales a las regiones para --siempre contratando productoras especializadas privadas para evitar uso político y corrupción-- llevar al interior del país los eventos y espectáculos culturales que más éxito hayan tenido en Lima (una manera de seleccionar disminuyendo el riesgo de arbitrariedad), así como para apoyar mediante concursos (con jurados independientes) a artistas locales. Se ayudaría así a formar mercados culturales en las regiones donde los ingresos son muy bajos, como se ayuda a construir carreteras y escuelas mediante el subsidio focalizado.
Cultura y racionalidad económica deben ir de la mano para que el crecimiento traiga consigo además de la reducción de la pobreza material, la reducción de la pobreza espiritual. Algo así como una reforma del alma.