Por José Quezada Macchiavello
Hablar de una joven promesa puede ser un lugar común, y un poco riesgoso, especialmente en el Perú, país proclive a sobrevalorar y exaltar a sus jóvenes promesas, como también a frustrarlas.
Prefiero referirme, en el caso del joven pianista Juan Carlos Bendezú, al inicio de un buen camino, que este joven, gracias a sus estupendas dotes, puede recorrer con éxito. Hasta donde llegue, será básicamente obra de su esfuerzo, su dedicación y de los maestros que lo acompañen. Más allá de estar en el lugar exacto, a la hora exacta y con la gente precisa.
Este pianista, de apenas 19 años, que empezó como autodidacta, tuvo la oportunidad de obtener, hace solamente poco más de dos años, la guía de un buen maestro conectado al mundo, como es el pianista sueco Helge Antoni, quien reside por temporadas en Lima. Antoni percibió la excepcional madera de Bendezú y ha sabido empezar a tallarla. Es decir, ha sabido encaminar a este joven valor.
El recital que Bendezú ofreció en el marco de la temporada de jóvenes pianistas, que está presentando la Sociedad Filarmónica, es una prueba de lo que ha logrado ya, como de lo que le falta aún, pero que seguro puede obtener. Fue una buena muestra de su esfuerzo, su dedicación, como también de la buena mano del maestro que lo guía. En términos generales, es evidente que ya está bien enfocado. Con las horas de vuelo, irá ganando aplomo y se desinhibirá en términos expresivos. Obviamente, con el paso del tiempo obtendrá también una mayor profundidad de análisis, que le permitirá ahondar en las obras. A su edad, reclamarle mayor profundidad no tiene mucho sentido.
Creo que la primera parte del recital, íntegramente dedicada a Chopin: Preludio en do sostenido menor Op 45, Scherzo Nº 1 y Sonata Nº 2 en si menor, fue demasiado comprometedora. El Scherzo estuvo un poco precipitado. La Sonata en si menor, bien en el plano técnico, pero es una obra que exige mayor flexibilidad --especialmente en la dinámica-- y una aproximación más reflexiva. Con el tiempo logrará penetrar con mayor hondura a ese mundo expresivo volcado y hasta algo constreñido en un molde clásico. No obstante, en la Marcha Fúnebre, plasmó algo de mayor coherencia.
En la segunda parte del programa se le notó con más control que en la primera. Los Tres Intermezzi Op 117 de Brahms fueron ejecutados con pulcritud y serenidad en el plano técnico. Las dos Piezas Fantásticas Op 12 y la Arabesque Op 18 de Schumann representaron el mejor momento del recital, resaltaron su técnica, como también su capacidad interpretativa. El Estudio Op 8 Nº 12 "Patético" de Scriabin fue un buen cierre y es, por ahora, el tipo de repertorio de efecto donde puede mostrar con comodidad sus bondades. Fue muy atinado también, y muy logrado, su encoré de Ginastera.