Por José Carlos Cabrejo
Esta película brasileña dirigida por Sandra Kogut nos cuenta la historia de un niño llamado Thiago, que vive con su familia en un entorno de gran pobreza. Su existencia transcurre en una lejana montaña, en la que incluso tiene que lidiar con la violencia que brota repentinamente en su hogar. Lo singular en "Mutum" es que la cineasta optó por relatar esa historia a través de una puesta en escena edulcorada, sublimada y esteticista.
La fotografía exhibe a Thiago y sus amiguitos en medio de bonitas composiciones que en realidad parecen más adecuadas para una revista de modas. Cuando uno nota la exótica apariencia del niño protagonista, da la impresión de que en el cásting hubieran buscado a un infante con la imagen más próxima a la de un querubín. En "Mutum", los encuadres se sienten tan ornamentales que difícilmente podemos compenetrarnos con el conflicto del personaje principal, que además se desarrolla con un tono apagado, con explosiones o arrebatos de emotividad poco convincentes. Decir que "Mutum" es una de las películas que ha representado la miseria con una mayor belleza no es precisamente, al menos en este caso, un elogio.
Además de la búsqueda cosmética bajo la cual se ha realizado este filme, hay secuencias que simplemente empalagan, como aquella en que el protagonista y otro niño juegan con palomitas de maíz soñando con un futuro mejor. Si bien "Mutum" es una película fallida, podemos rescatar de ella la calidad de las actuaciones.
Lo que ocurre es que muchos cineastas a lo largo de la historia no han requerido de una factura absolutamente depurada, acicalada, pulcra, para contar con maestría historias sobre la pobreza. Ahí está Vittorio de Sica, con filmes como "Ladrón de bicicletas", o Luis Buñuel con "Los olvidados", para constatarlo.