Por Gabriela Machuca Castillo. Enviada especial
Guillermo Tocto llegó a ganar muchísimo dinero cultivando ilegalmente hoja de coca y produciendo pasta básica de cocaína en su chacra enquistada en medio de la selva de San Martín. Un viaje relámpago de negocios a Campanilla, uno de los más importantes bastiones del nefasto imperio Vaticano, a principios de los 90, le permitía, por ejemplo, echarse al bolsillo hasta 1.150 dólares tan solo por la venta de un kilo de pasta durante las temporadas altas. La abundante ganancia, sin embargo, lo empobrecía como persona conforme pasaba el tiempo.
Una hora de avión de Lima a Tarapoto, cuatro de trocha de Tarapoto a Juanjuí, 90 minutos adicionales de Juanjuí al caserío Soledad y 1.200 segundos de Soledad a la chacra de Guillermo se justifican hoy solo para verle la cara. El rostro de un hombre enmendado y autocorregido siempre deja interesantes lecciones acerca de las bondadosas secuelas de la redención.
Él está ansioso e ilusionado. No puede esperar más para enseñarnos lo que antes lo sumía en la más oscura vergüenza y ahora es su motivo de orgullo: su tierra, su buena tierra. Una vez allá, Guillermo nos hace trepar una alta y tupida loma. "Los mejores árboles están arriba", cuenta machete en mano, y se aleja de los demás a largos pasos. Llega hasta una preciosa y saludable planta de cacao y se pone en cuclillas debajo de ella. Piensa que no hay mejor lugar para comenzar a contar su historia.
CACAO POR COCA
A sus 42 años, Guillermo se avergüenza al decir que partió de su natal Huancabamba (Piura) hacia Tocache, otrora reino de la droga, embelesado por "el sonido de la plata, de los dólares". Eran finales de los 80. Cuenta que allí adquiere dos hectáreas y que se hace de un buen capital. Pronto, ya no solo le piden hojas, sino también pasta. Él accede a la demanda del mercado y la produce. Entonces no había control de nada, ni de nadie.
En el 92 decide mudarse a donde vive ahora para continuar haciendo lo mismo. En el caserío de Soledad, ubicado en Pajarillo, provincia de Mariscal Castilla, todos hacían también lo mismo. Allí llega a tener 10 hectáreas de hoja de coca ilegal y dos grandes pozas de maceración, con las que, en muy buenas campañas, llegaba a obtener hasta 12.000 dólares.
Pero mientras todo eso sucedía de día, de noche la bulla de los perros era cada vez peor. Los ladridos marcaban que había que esconderse a la carrera al monte porque significaban el inicio de la persecución. Si no eran narcotraficantes o delincuentes que querían tomar la producción por la fuerza, eran terroristas que los obligaban a sumarse a sus reuniones y a formar parte de sus paros y huelgas.
"Esa no era vida. Durante años mi familia y yo vivimos con miedo; era terrible. Pero además estaba mi conciencia porque sabía que estaba haciendo las cosas mal. Yo tenía que cambiar", cuenta Guillermo. Y así lo hizo.
Hace unos tres años se unió al Programa de Desarrollo Alternativo (PDA), entidad vital en la estrategia nacional de lucha contra las drogas liderada por Devida y financiada por Usaid, y con sus propias manos arrancó los remanentes de coca que le quedaban. Las cambió por cacao.
Provisto de insumos, herramientas y conocimiento, hoy es el próspero productor de semillas que ya venden en Holanda y Francia. Guillermo gana un promedio de S/.4.800 cada 15 días, lo cual, a la larga, le retribuye mucho más que cuando producía coca. Pero por sobre todo vive en paz, sin tener que esconderse, sin ser perseguido por otros y por su propio espíritu. "Me levanto a las 5:30 a.m., doy gracias a Dios y me voy a la chacra tranquilo. Ese es el mejor pago de todos", dice mientras huele el cacao que cuelga de una de sus queridas plantas.