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CRÓNICA. EL CRIMEN DE LA HISTORIADORA

Las huellas que dejó el carpintero

El cadáver de la reconocida intelectual Alicia Castañeda fue hallado al interior de su casa a finales del 2007. Seis meses después, la policía logró capturar a su presunto homicida

Por Alberto Villar Campos

Las cortinas cerradas por completo. Esa fue la primera vez en mucho tiempo que Alberto del Barco vio eso en la habitación que su vecina utilizaba como oficina, separada por tan solo siete metros del taller donde él suele pintar durante las noches. Aun así, el 23 de diciembre del 2007 podía ser un día como cualquier otro en esa pacífica urbanización de San Miguel: no había ruidos extraños, gritos, algo que delatara una pesadilla.

La quietud habitual del amanecer sería, no obstante, quebrada por un hallazgo espeluznante. Alrededor de las 7:40 a.m., tras romper la cerradura de esa habitación a martillazos, los vecinos de Alicia Mercedes Castañeda Martos (54) descubrieron su cadáver envuelto en un mar de sangre. Era el fin de una mujer que solo semanas antes había hecho público su más querido tesoro: el "Diccionario biográfico marítimo peruano", un libro escrito junto con otro especialista y que le había tomado 14 años concluir. La escena al interior del recinto era desgarradora. Ella, Alicia, tenía aún los ojos abiertos.

UNA AMISTAD DE 25 AÑOS
Había muerto a causa de un brutal golpe en el cráneo, según la necropsia, entre las 9 y las 11 de la noche del 23 de diciembre. Sin embargo, en la perturbadora escena del crimen hacía falta un objeto: un cenicero que, según los familiares de la víctima, le habían regalado a Alicia Castañeda años atrás.

El nombre de Enrique Agustín del Valle Mansilla (54) fue el segundo rastro que dejó aquella noche sin fortuna. Ambos se habían conocido 25 años atrás, cuando laboraban en Enapu. Habían forjado una rápida amistad y, tras el despido de este, la historiadora había intentado ayudarlo ofreciéndole esporádicos trabajos de carpintería en su hogar de San Miguel.

El 23 de diciembre, a las 11:30 a.m., Del Valle llegó a la casa de Alicia Castañeda, signada con el 156 de la calle La Chira, en la urbanización Pablo VI, para reparar un armario de su dormitorio. El hombre --conocido en la zona por realizar trabajos de carpintería y gasfitería-- dejó el lugar cuatro horas después, porque --según le contó a la policía-- la historiadora tenía previsto salir de su casa aquella tarde.

Tras la muerte de su esposo, un vicealmirante de la Marina de Guerra del Perú, en el 2006, Castañeda había compartido su casa con Antonia Bustamante, su empleada desde hacía 23 años, y con cinco mascotas --dos perros y tres gatos-- que había rescatado de la calle. Era una vida sosegada, matizada apenas con algunas actividades culturales en la ciudad a las que siempre acudía.

La mañana del 23 de diciembre, Antonia dejó la casa de la historiadora: era su día libre y no tenía previsto retornar a ella sino hasta la noche. Como ocurría siempre, al llegar, la empleada encontró las luces de la vivienda apagadas y la puerta principal asegurada con doble llave. Nada hacía prever algo raro. Lo peor, sin embargo, estaba apenas por llegar.

EL ROBO Y LAS TARJETAS
Las pesquisas policiales permitieron elaborar una primera hipótesis de lo ocurrido aquella noche: el asesino conocía al detalle los movimientos de la historiadora el día del crimen. Los ojos de los investigadores no tardaron mucho en posarse sobre Agustín del Valle.

"Él --refiere el mayor PNP Carlos Morales, encargado del caso-- aseguró que había vuelto a las 9 p.m. a la casa de Alicia Castañeda para informarle que no tenía maderas para el trabajo de carpintería". Dicho argumento, a decir del agente, resultaba difícil de creer.

Pero había algo más: unos meses después del crimen, el oficial recibió los informes de los bancos en los que la historiadora tenía cuentas de ahorro y comprobó que se habían efectuado dos retiros de cajeros automáticos entre las 3 a.m. y las 10:40 a.m. del 24 de diciembre, apenas unas cuantas horas después del crimen.

El primero se hizo cerca del hogar de la mujer, en un grifo de Magdalena. El otro, en una farmacia de Chorrillos. El ladrón --y probablemente también autor del crimen-- había extraído cerca de mil dólares de los ahorros de su víctima.

Por los golpes que presentaba en el cuerpo, la policía determinó que, antes del asesinato, el homicida había obligado a la historiadora a revelar los códigos de sus tarjetas de crédito. ¿Quién había podido ser capaz de ello? Estaban muy cerca de saberlo.

EL ROMPECABEZAS ARMADO
La mañana del lunes 7 de julio, día en que capturaron a Del Valle, los policías tenían al fin todas las piezas del rompecabezas juntas.

En medio de los pequeños detalles obtenidos durante varios meses, dos sobresalían por sobre el resto: se había establecido que el ahora presunto homicida de la historiadora había efectuado dos llamadas desde su celular en las mismas horas y exactamente los mismos lugares de donde se retiró el dinero de la víctima; y --como confirma Morales-- este, además de las claves de las cuentas bancarias de la historiadora, se llevó aquella noche su teléfono móvil, que usó varias veces entre el 29 y el 31 de diciembre del 2007.

"Y pensar que este año el propio Del Valle llegó a la Dirincri varias veces para preguntar cómo iban las investigaciones en el caso de su amiga (Castañeda) --dice Morales--. Nos decía, muy preocupado, que intentaba recordar qué cosas raras había visto la noche del crimen en esa casa; en realidad, lo único que quería era confundirnos...".

Aunque se esfuerza, Alberto del Barco no es capaz aún de comprender las razones que habrían llevado a Agustín del Valle a cometer un crimen como ese.

"Fue horrible verla así; Alicia era una persona sumamente noble y generosa, le gustaba ayudar a los animales; tenía, sobre todo, un especial afecto por los que vivían en la calle; a ellos los recogía, los curaba si estaban heridos y, si podía, se los quedaba", dice.

Para él, la captura del presunto asesino (a quien encarcelaron el 10 de julio) calma, aunque apenas en parte, el dolor que hasta ahora le produce el recuerdo de su amiga y las aguas en un océano de irremediable tristeza que, sin embargo, no dejarán de moverse jamás.

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