Por Patrick Espejo
Hace cuatro años estábamos en la víspera de inaugurarse los juegos de Atenas. Por entonces, había un tenista cuyo nombre ya acaparaba titulares. Era un suizo, un tal Federer, al que muchos señalaban como candidato a llevarse la medalla de oro amparados en que, por entonces, ya tenía tres Grand Slam en su palmarés (Australia 2004 y Wimbledon 2003 y 2004). Entre sus oponentes más serios estaba el estadounidense Andy Roddick, el español Carlos Moyá y el inglés Tim Henman.
Recuerdo que Federer salió de la conferencia de prensa tras perder en segunda ronda ante el checo Tomas Berdych sin hacer un solo gesto. No transmitía ninguna emoción.
Ese año, Rafael Nadal acababa de cumplir 18 años. Ya jugaba profesionalmente, ya estaban los músculos bien trabajados y ya se había cargado al equipo español al hombro (o a sus bíceps) para llevarlo hasta la final de la Copa Davis. Nadal no jugó singles en Atenas (los titulares eran Moyá y el 'Mosquito' Ferrer). Solo jugó el dobles y cayó en primera rueda.
Hoy los dos, el suizo y el español, son los protagonistas. Uno es introvertido, el otro totalmente expresivo. Uno es el uno de hoy, pero será el dos desde la próxima semana. El otro es el número 2 del mundo, pero tiene la firmeza de ser el mejor, ubicación que recién asumirá desde el 18 de este mes.
Los dos tendrán que aguantar la embestida de todos los que, como ellos, quieren la gloria olímpica, esa que antes ya alcanzaron el también suizo Marc Rosset (1992), Andre Agassi (1996), Yevgeny Kafelnikov (2000) y Nicolás Massú (2004). Por lo pronto, los dos aguantaron el primer asalto; les quedan cinco más.