Por Luis Puiggrós Planas
En este mundo globalizado, hoy solo vale el éxito, sin importar la forma de conseguirlo. Pasa en todas las actividades. A través de mis encuentros semanales con ustedes, trato de inculcar por medio del deporte, que se puede obtener éxito respetando los valores y principios, y si no se alcanza, se hizo el mejor esfuerzo por lograrlo, pero con buenas armas.
Nuestro deporte no está ajeno a ello. Aquí los dos últimos: la actuación de los dirigentes aliancistas junto con la de Jayo Legario, y la sanción de Paolo Guerrero. La única manera de erradicar este mal es educar a las personas, una de las formas es por medio del castigo.
Después de la despedida de Manco, los dirigentes del cuadro íntimo intentaron poner mano dura a un plantel que precisamente no se destaca por la disciplina. Varios jugadores fueron separados, pero Jayo, con la mala viveza criolla que identifica a la mayoría de los peruanos, renunció a Alianza Lima, antes de que lo despidieran. Luego firmó por el José Gálvez de Chimbote, donde fue recibido en olor a multitud. El Alianza Lima comienza a perder partidos y sus dirigentes pierden los papeles.
La palabra empeñada no vale. En un vuelo del equipo del norte a Tacna para jugar contra Bolognesi, hace escala en el aeropuerto Jorge Chávez donde acuden presurosos algunos dirigentes blanquiazules para impedir que Jayo viaje, con la intención de contratarlo. Si jugaba en Tacna, esta posibilidad quedaba anulada. ¿Dónde queda la palabra empeñada? ¿Dónde queda la disciplina? ¿Dónde quedan los valores y principios? Guerrero es expulsado en el partido contra Uruguay por las Eliminatorias mundialistas, insultando e intentando, fuera de sí, agredir al árbitro Pablo Pozo, que por estos días está arbitrando en los JJ.OO. de Beijing.
El reglamento de la FIFA en su regla 12- Faltas e incorrecciones dice: cometer o intentar cometer la infracción. La FIFA lo suspende por seis partidos eliminatorios y el jugador, apoyado por cierta prensa, intenta minimizar su falta y quiere que la FPF lo defienda, tratando de endosarle su irresponsabilidad. Algún dirigente debería de tener un gesto para erradicar de raíz este mal, el cual sería no apelar el castigo del jugador irresponsable, para que estos asuman sus indisciplinas, sin endosárselas a otros.
Si no, estas continuarán. Para evitarlas sería bueno que los dirigentes no apañen a los indisciplinados tratando de reducirles los castigos, al contrario, ellos por su cuenta deberían de hacerlo, porque los jugadores con sus actitudes perjudican a la institución que defienden.