Por: Juan Paredes Castro |
La baja aprobación del presidente Alan García en las encuestas lo ha devuelto, aparentemente, hacia sus objetivos de gobierno y hacia sus propias recetas, como la del "perro del hortelano".
Y ha devuelto también a Ollanta Humala a una ofensiva divorciada del espacio opositor libre que periódicamente le dejan el Gobierno, el Apra y los demás partidos. Ahí lo vemos otra vez en el día a día mediático, deseando representar, más allá de su caudal propio, a un descontento social que no lo sigue y que más bien buscaría conectarse con una oferta política muy distinta.
En efecto, el desaprovechamiento de Humala de la oportunidad servida en bandeja es descomunal, no solo porque su discurso sigue siendo el mismo del 2006, absolutamente autoritario y populista, sino porque sus rechazos del sistema no tienen la contraparte de alternativas propias, excepto las ajenas, como la de una revocatoria presidencial al estilo de Evo Morales.
Paradójicamente el reclamo antisistema de Humala de un referéndum a la boliviana para ratificar o cesar al presidente de la República a mitad de mandato, no solo es desestabilizador sino que viene acompañado de otro, destinado, ya en defensa del sistema, a impedir el transfuguismo en las filas parlamentarias de su partido.
Pongámoslo más claramente: ¿no sería mejor una renovación por tercios del Congreso que pretender colgar de una cuerda al presidencialismo (que de por sí es fuerte y débil al mismo tiempo) con las más graves consecuencias de ingobernabilidad para el país?
Humala ensaya muy bien la perversa aplicación del antisistema, desde afuera, pero intenta hacer hipócritamente suyo el sistema, desde adentro, para lo que le conviene. Esa es precisamente la fórmula de Chávez y Morales: la del secuestro del sistema, incluido el voto popular, para luego usarlo para sus propios fines y medios.
El movimiento circular sin brújula de Humala y la presencia-ausencia intermitente de las demás fuerzas políticas supuestamente de oposición le brindan a García la posibilidad de revertir gradualmente su descenso en las encuestas, siempre y cuando su estrategia no insista en la sobreexposición pública que precisamente lo desploma, sino genere una dinámica de trabajo gubernamental en función de algunos de los objetivos fundamentales del régimen, como el control de la inflación, la modernización de la gestión pública, la focalización de los programas sociales y el funcionamiento de una bisagra más afinada con las administraciones regionales.
La ventaja de García sigue siendo la de una oposición casi inexistente. ¿Qué espera?