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Que la música quiebre el silencio

La Orquesta Sinfónica Nacional está de aniversario. Esta semana cumplió 70 años de creada. El elenco quiere llevar su música a provincias, pero necesita el apoyo del sector privado

Por Nelly Luna Amancio

Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo, dijo alguna vez Beethoven, el músico que quebró el silencio con las más extraordinarias composiciones del siglo XIX. Si el silencio es el diálogo perturbador con uno mismo, la música clásica logra explorar nuestras más íntimas y gratas emociones.

La directora de la Orquesta Sinfónica Nacional, Mina Maggiolo, asemeja la música clásica a la buena comida. Habrá quienes disfruten mezclando apenas tres o cuatro sabores, pero habrá quienes busquen y degusten de una mayor diversidad culinaria. "Los que escuchan esta música acceden a una mayor complejidad musical", dice.

El Perú quebró este silencio mucho tiempo después de que las composiciones de Bach, Beethoven y Chopin recorrieran la Europa del siglo XIX. Las sinfonías de estos autores recién llegaron a interpretarse en el país a inicios del siglo XX, cuando los primeros grupos de cámara (conjuntos con solo cuatro o cinco instrumentos) desencadenaron lo que años más tarde sería la primera orquesta sinfónica.

La sinfónica se crea formalmente el 11 de agosto de 1938, bajo la conducción del maestro vienés Theo Buchwald. Inicialmente estuvo compuesta por 64 instrumentistas, la mitad de ellos extranjeros. Y es que uno de los sucesos más importantes para la formación del grupo tiene que ver con los movimientos migratorios que provocaron las dos guerras mundiales. La violencia expulsó de sus países a muchos músicos europeos, muchos de los cuales se afincaron en el Perú. Sin duda, también la escuela de música Alcedo --el más cercano antecedente del actual Conservatorio Nacional de Música fundado en 1908-- tuvo una importancia capital en el aporte de jóvenes talentos.

El silencio es una norma inquebrantable minutos previos a la presentación de una orquesta sinfónica. Mientras los músicos se concentran, el público aguarda con paciencia. Las luces tenues del auditorio del Museo de la Nación colorean tonos cálidos en el escenario. La orquesta está de aniversario y presenta una temporada internacional. Hoy es el turno de Giacomo Puccini y Béla Bartók bajo la dirección del carismático maestro húngaro Zsolt Nagy.

Pero el silencio también se puede quebrar con el sonido de un pututo o un wakrapuku, cada vez que la orquesta interpreta composiciones de Valcárcel o Pulgar Vidal, maestros que han logrado fusionar lo andino en lo clásico. El espectáculo de la orquesta dura 80 minutos e incluye un intermedio de 15 minutos. Una breve presentación resultado de la inmediatez que impone la era moderna.

Algo parece haber cambiado en el espectador del siglo XXI. Si en los novecientos las sinfonías eran extensas obras de hasta cuatro horas, hoy en día los conciertos se han acomodado a la premura de los nuevos tiempos. Lejos de la búsqueda de expresiones más intensas que el romanticismo imponía cuando recorría el mundo, el individuo ahora es víctima de la dictadura de la prisa. Por alguna extraña razón el público no logra permanecer quieto tantas horas continuas ante una presentación artística. Por eso la orquesta ha tenido que adecuar el diseño de la programación "a las nuevas necesidades", dice Maggiolo.

Una orquesta es buena por la calidad de sus músicos y de los instrumentos, las condiciones del auditorio en el que se presenta, el número de instrumentistas y una buena dirección. O sea, el talento no basta.

El Instituto Nacional de Cultura, del que depende la orquesta, tiene los instrumentos completos; sin embargo, muchos músicos desean trabajar con su instrumento personal, porque consideran que los suyos "se encuentran en mejores condiciones", confiesa uno de los instrumentistas. Al igual que el resto de los elencos nacionales que dependen del sector público, la sinfónica arrastra las mismas carencias. Un músico es también un empleado público. Un funcionario cuyo sueldo es similar al de un maestro universitario: oscila entre los 1.000 y 1.400 soles. Un monto que solo engrosan con presentaciones privadas o a través de la docencia.

Hace mucho que la orquesta no viaja a provincias ni al extranjero. La última vez que salió del país fue a Chile y de eso ya hace varias décadas. A Iquitos se fue en el 2005. El escaso presupuesto del INC no ayuda. Lo más costoso es el trabajo logístico que supone movilizar los instrumentos. "Con el apoyo de las empresas privadas se podrían hacer presentaciones en el interior o en los conos, no es necesario un gran auditorio, donde haya una iglesia ahí se puede tocar", dice la directora, haciendo alusión a la calidad acústica que brindan estos espacios.

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