Por Jaime Cordero
Usain Bolt corre como vive. A sus 21 años, se autodefine como amante del baile y la diversión nocturna. "Siempre estoy de fiesta. En cuanto veo que tengo tiempo y que no perjudicará mi entrenamiento, salgo. Hay que ver lo que es una fiesta en Jamaica", confiesa con desparpajo. En la pista también sale a divertirse y ayer le bastó con 50 metros para resolver la final de los 100. El resto lo invirtió en celebrar por adelantado y dejarnos con la duda de hasta dónde sería capaz de empujar el récord del mundo si se pusiera serio.
Nadie es capaz de cuestionar ni pedir disciplina a este talento puro, que ya a los 15 años era la estrella del atletismo de Jamaica (campeón mundial juvenil de los 200 m) y que se atrevió a desafiar al entrenador-patriarca de los velocistas de su país, Glen Mills, quien tuvo la ocurrencia de orientar su entrenamiento para que compita en los 400 metros planos.
Bolt se negó de plano a prepararse para una prueba mucho más dura y estratégica. Su carácter, más que su biotipo, lo empujaba a las distancias más cortas, y especialmente a los 100 m, que además de ser la más explosiva, es la más mediática, la que consagra a las estrellas.
Mills hizo lo correcto y le planteó un desafío: podría correr los 100 si batía el récord jamaiquino de los 200 m. Bolt cumplió y el año pasado empezó a brillar en la corta distancia. Aunque su especialidad sigue siendo el doble hectómetro, hace tres meses batió el récord del mundo de los 100 y acaba de volverlo a hacer. Como jugando, como corresponde a su edad, a su origen y a su carácter. Bien a su estilo.