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El tamaño del infierno

Rincón del autor. La idea --me lo repitió-- es no quedarse en la ciudad. Salir de sus trampas, de su neurosis, de sus atolladeros

Por Abelardo Sánchez León

La idea --me dijo-- es atravesar la ciudad sin quemarte en sus llamas. Llegar intacto a Supe o a Huaral sin enterrar el pico en alguna de las atiborradas avenidas del cono norte. Encontrar un sitio sereno al borde del Rímac después de haber dejado a nuestras espaldas la crispada aridez de San Juan de Lurigancho. Imaginar Mala sin dejar el alma botada en Villa El Salvador e, incluso, atreverse a llegar al Piloto, merodear por Cañete y acampar en Ica, porque eso es lo que se hace en aquella desventurada ciudad, me dijo, donde todavía se va con mochila.

La idea --me lo repitió-- es no quedarse en la ciudad. Salir de sus trampas, de su neurosis, de sus atolladeros. El entretenimiento diario es manejar un auto o treparse a un microbús y desobedecer todas las reglas, porque la vida se ha reducido a sufrir en los desplazamientos urbanos, aburrirse, ladrarse, odiarse los unos a los otros e imaginar lo bien que lo pasan los llamados padres de la patria, los políticos, aquellos que han tomado por asalto la administración del Estado. Diablos, qué importa. El cáncer, la diabetes, la pulmonía, la tos, hacen sus maromas en el aire, nos clavan su dardo, se la agarran con nosotros en pleno smog y, además, tenemos que hacerle frente a las redadas de los policías que verifican nuestras faltas y coimean de lo lindo.

Estamos en Lima, maestro, me dijo. Maestros somos todos, pensé, porque nos hemos quedado sin alumnos. ¿Aprender qué? ¿Oslo? ¿Dónde queda Oslo? Para qué, profe, si nunca voy a ir por ese Laredo. Si debo sobrevivir en este lodazal, debo desobedecer sus reglas. Pienso, entonces, en los salvados y los hundidos del lager. Déjeme trafear, me dice, buscar un atasco, hacer un quiebre, sacarle la vuelta al destino, salir de misio, porque esta ciudad se llama Lima y la chapa de este país es Perú. A buen entendedor, pocas palabras, ¿o todavía no lo ha entendido? Esa es nuestra realidad, señor.

Las autoridades se han puesto de acuerdo para que hagamos hígado. De la yuca (frita, supongo) hemos pasado al hígado revuelto. Ese punto no lo contabiliza ni el doctor Páez, especialista en resucitar muertos aliancistas. La mente, el corazón, los nervios no lo toman en consideración a la hora de hacer un recuento de costos. Váyase a Chile si no puede llegar a Miami o lárguese al VRAE donde ruge el nuevo Perú, o a Madre de Dios a recoger oro a granel. Pero no se quede aquí que se le quemarán los pulmones con ese humo negro. Y, lo que es peor, odiará hasta a su propia madre. La llamará "puta y borracha", al estilo bronco de James Ellroy.

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