Por Fernando González-Olaechea
¿Por qué morirías? ¿Hay algo por lo que realmente estarías dispuesto a morir, aquí y ahora? Axel, un buen amigo, me hizo esas preguntas hace unos días y me quedé mudo. Nos quedamos mudos. Me pregunté si realmente hay algo por lo que vivamos, sin caer en el absurdo del fanatismo.
No creo que nos comprometamos. Ya no. Ahora el asunto es más pragmático, más utilitario. Se toma de acá, de allá, se acomoda y listo. Son pocos los que se acomodan a algo, es mejor acomodar un algo a 'los muchos'. Es como lo que hacemos con un blog o un perfil en alguna página tipo Facebook o Hi5: la personalizamos, tratamos de hacerla propia con un poco de todo. Y en el camino, ¿no terminamos siendo nada por tratar de tener de todo?
Axel se fue y yo me tumbé al sofá a escuchar un poco de música, pero la idea me rondaba la cabeza. ¿No te ha quedado la sensación de que ahora ya no hay esa pasión por la idea? Como que ese genuino compromiso por creer algo y abrazarlo como tal se extinguió y pasó de moda. Sin caer en el romanticismo empalagoso o algún idealismo rosado, ¿no se ha perdido la pasión?
Eso fue lo que me quedó hasta ayer, que escribí esto. ¿Qué tienes, qué albergas, qué crees, qué es determinante? ¿A qué te aferras? O en todo caso, ¿por qué no lo haces? ¿De qué y cómo te liberas?
Finalmente, ¿es eso válido? Quiero decir, ¿vale la pena? Ambas caras, no una contra otra --como en una moneda-- sino una frente a otra, como en un espejo: Yo no moriría por nada. Yo estoy dispuesto a morir por algo. ¿Qué tan válida resulta ser esta cuestión?