Por Mario Fernández
Bajado el telón de unas Olimpiadas que deslumbraron al mundo con hazañas deportivas y que fueron el escaparate del poderío de la China moderna, los comentarios de rendimientos entre los países participantes asoman hoy casi como los destellos de los fuegos artificiales que cerraron esa noche mágica al otro lado del Pacífico.
Así, mientras el presidente francés, Nicolas Sarkozy, saludó el formidable éxito de la Unión Europea al conquistar en conjunto 280 medallas en total (87 de oro, 101 de plata y 92 de bronce), por América del Norte la supremacía que siempre controló Estados Unidos --vista en anteriores justas olímpicas-- se fue en descenso en esta ocasión, no obstante tener en Michael Phelps al nadador que a punta de brazadas le deparó ocho medallas doradas de las 36 que conquistó.
Porque después Estados Unidos, que siempre fue el amo y dueño absoluto de las pistas atléticas en las cuatro últimas Olimpiadas, en Beijing se resignó a ser segundo. Como si la velocidad estadounidense se hubiese ido de sopetón y recalado en tierras caribeñas ¿Si o no, Usain Bolt? El jamaiquino hoy por hoy es el hombre más rápido del mundo. No bastaron tampoco los más de 600 deportistas que llevó Estados Unidos, porque al final los focos rojos quedaron prendidos en el área del atletismo, concretamente en las pruebas de velocidad, la parte que más amargura le dejó en su largo retorno desde Beijing.
En básquet no tuvo pierde de comienzo a fin. Y hubo que pasar ocho años para que Estados Unidos recuperara la hegemonía del baloncesto universal --léase oro olímpico-- y para eso llevó hasta China a toda su artillería pesada con Kobe Bryant a la cabeza. Ser tercero en Atenas 2004 y en el Mundial japonés dos años después habían lastimado el orgullo de los geniales basquetbolistas estadounidenses. Se tomaron el desquite a lo grande.
CUBA SE QUEDÓ
Por el lado del Caribe y Centroamérica, Cuba, que en Sidney 2000 fue el mejor de los países de la región latinoamericana con 29 medallas (11 de oro, 11 de plata y 7 de bronce), dio un retroceso en Beijing pese a la presencia de 153 de sus deportistas.
Ya ayer Fidel Castro llamó a revisar el deporte olímpico tras alcanzar solo dos de oro, 11 de plata y 11 de bronce, con lo cual cayó del puesto 11 en que terminó en Atenas 2004 a ser hoy 28. En boxeo, donde siempre ganó medallas doradas, esta vez pese a tener ocho semifinalistas ninguno de ellos alcanzó a ser campeón olímpico.
LOS OTROS PAÍSES
Si en Argentina (llevó 136 deportistas), con dos medallas de oro en fútbol y ciclismo y cuatro de bronce, la crítica sostiene que no se mejoró en nada y que estuvo acorde con lo que hizo en Atenas 2004, en Brasil (con 272) se llora el fracaso olímpico en escenarios chinos porque, sin duda, llegó como potencia deportiva. Volvió a quedarse sin el oro en fútbol, igual en el vóley masculino, aunque sí alcanzó por fin el primer lugar en damas.
En Chile (24 deportistas) ya se preguntan si es suficiente la gran inyección de fondos públicos y privados que se destinan al deporte de alto rendimiento y que, como ocurrió en Beijing, volvió con una de plata (mérito del tenista Fernando González).
Igual sucedió con Ecuador que, gracias a Jefferson Pérez, alcanzó la de plata en la marcha de 20 km, mientras que Colombia (67 deportistas) se dio por bien servida al obtener una de plata y otra de bronce.
A Venezuela, que llevó 109 deportistas, también le fue mal. Apenas una de bronce y eso, como dice su presidente Hugo Chávez, amerita un cambio radical en los planes deportivos de su país. Por lo pronto, Chávez pidió a la empresa petrolera PDVSA abrir una oficina especial para atender a los deportistas de alto rendimiento.
Perú (13 deportistas) volvió sin medallas colgadas sobre el cuello, tal como ya ocurrió en Sidney 2000 y Atenas 2004, pese a los esfuerzos individuales y sacrificados de los atletas, que muy pocas veces encuentran eco en los dirigentes cuyos rostros viajeros siempre son los mismos.
SIC.
Semidioses*
Ver volar a Usain Bolt o contemplar la caída kamikaze de la clavadista Chen Ruolin me coloca ante semidioses que ponen en duda mi propia humanidad. Incluso he llegado a creer, presa de las transmisiones de madrugada, que soy televidente de una fábula o de un truculento mito chino.
Pero Bolt es real, tiene 21 años y es fanático de Bob Marley. Dicen también que tiene vicios nocturnos, difíciles de creer para quienes lo hemos visto detener el reloj en 9,69 s. ¡Qué tiene este tipo!, grité enloquecido.
Roulin tampoco es cuento. Es china, tiene 15 años y se diría que ensayaba desde su época prenatal. En su último intento para alcanzar el oro logró tal ejecución que la puntuación de dieces (puntaje perfecto) y un 9,5 con la que los jueces calificaron su performance fue la única recompensa posible. ¡Qué tiene esta niña!, volví a lanzar el alarido.
¿Por qué Bolt entraba a la pista bailando mientras los atletas estadounidenses llegaban angustiados? ¿En qué instante Ruolin supo que vencería a la experimentada clavadista canadiense Emilie Heymans?
El 1,96 m con que el jamaiquino da pasos de gigante o 1,37 m con que la china se ríe de la gravedad pueden marcar la diferencia. Sin embargo, la sonrisa confiada de Bolt y la imperturbable mirada de Ruolin nos hacen pensar que el estado mental es, más bien, el valor agregado.
¿Cuál es esa cualidad que hace a estos atletas semidioses, como concebían los griegos a los campeones olímpicos? La disciplina, la alimentación y el rigor son atributos obvios. Tanto la genética como el temple mental se pueden ejercitar, pero son, básicamente, providencia divina. ¿Será acaso que los dioses ya eligieron a sus favoritos?
* Rudy Jordán. Redactor de SIC.