Por Jaime de Althaus Guarderas
El problema de la Comisión de la Verdad y Reconciliación es, sobre todo, la reconciliación. Primero, porque reconciliación supone dos actores del mismo nivel de legitimidad. Esto es, la reconciliación no podía ser con Sendero. ¿Con quién entonces? ¿Con el Perú andino, olvidado, despreciado? Eso tenía sentido histórico, pero implicaba que Sendero había representado ese Perú. Y eso tampoco era cierto ni aceptable. Sendero se impuso sobre las poblaciones andinas por la fuerza del terror. Jamás fue expresión de un sentimiento de reivindicación o justicia histórica. Por eso, las comunidades, apenas pudieron, se sacudieron de su yugo, lo enfrentaron y derrotaron.
En realidad, no fueron la pobreza ni la exclusión las causas de la violencia. La causa fue la ideología de muerte del marxismo-leninismo-maoísmo encarnada en la "cuarta espada" de Abimael Guzmán. Una ideología especializada en agudizar perversamente la lucha de clases porque considera que la violencia es la partera de la historia y, por lo tanto, había que crear una máquina de muerte para hacer la revolución que lleve, al final de los muertos, al paraíso socialista de la dictadura absoluta. Esa ideología era tan cerrada, perfecta y completa que ofrecía todas las respuestas a sectores universitarios hijos de pequeños gamonales despojados por la reforma agraria sea de sus tierras, sea de sus peones, sea de su mercado, arrasado por las importaciones de trigo doblemente subsidiado.
La CVR, si bien señala el papel que le tocó a esa ideología, no le da el peso suficiente. Si queremos que algo como lo que ocurrió no se repita, esa debería ser la principal lección, que debería reflejarse en los textos escolares, etc. La pobreza y la exclusión, por supuesto, siguen siendo la gran tarea pendiente, y en eso tiene razón. Hace falta una política integradora mucho más decidida y eficaz. Hace falta el reconocimiento de los campesinos y pobladores andinos como ciudadanos.
Pero esto último es lo que esos campesinos conquistaron cuando, precisamente, se enfrentaron y derrotaron a Sendero. Las rondas campesinas defendieron en última instancia al Estado, salvaron al país. Conquistaron su ciudadanía de modo más excelso posible. Pero para que esa conquista tenga existencia social efectiva, tiene que ser reconocida por la sociedad en su conjunto. Y la CVR era un instrumento para galvanizar ese reconocimiento. De hecho reconoce y menciona el papel de las rondas (aunque también denuncia supuestos crímenes cometidos por ellas). Pero puso el énfasis en resaltar la condición de víctimas de los campesinos andinos --que lo fueron sin duda-- antes que la de ciudadanos victoriosos defensores de la patria: recayó así en la misma estructura paternalista y colonial que algunos identifican como la causa del problema. Era volver a convertirlos en mendigos.
No reparaciones, sino premios y reconocimiento. Puede ser lo mismo desde el punto de vista material, pero simbólicamente es lo opuesto.
El informe de la CVR describe los horrores de la guerra. Ese es uno de sus méritos, para horrorizarnos ante aquello de lo que fuimos capaces y no repetir. Pero no resalta suficientemente la otra gran lección: que se ganó cuando el Estado se alió con los campesinos en lugar de matarlos, cuando la estrategia se volvió limpia, cuando el Estado criollo superó sus taras y fue capaz de entenderse con el sector despreciado. Se ganó resolviendo las supuestas causas, precisamente. O sea que de eso también fuimos capaces. Y, por centrarnos en la muerte, no lo hemos podido capitalizar como cambio en la naturaleza misma de nuestra sociedad. Una pena.