Por: Juan Paredes Castro |
Hace poco dijimos que no había manera de avanzar en cualquier eventual proceso de reforma del Estado mientras los ministros no puedan ejercer una real y efectiva autoridad en sus respectivos sectores.
Partíamos entonces de la constatación de que los titulares de carteras estaban demasiado atados al día a día del Gabinete Ministerial en su conjunto y desconectados de su propio horizonte de cumplimiento de metas y objetivos.
La exposición de Verónica Zavala, como parte de la interpelación acordada por el Congreso, demuestra hasta qué punto es importante que una ministra tenga la oportunidad de desenvolverse a sus anchas a nombre y en beneficio de la buena marcha de su sector, en este caso de Transportes y Comunicaciones.
Lo malo es que lo haya hecho por la vía de una interpelación y con la espada de Damocles de una censura, en lugar de avalar una práctica de siempre, ligada a acercar cada ministerio a la sociedad y a la sociedad a cada ministerio, en espera, por supuesto, de un mejor servicio del Estado y un mejor nivel de satisfacción del ciudadano respecto del gobierno y de la democracia.
Aquí vemos una ecuación interesante: la de un ministro o ministra que cuando tiene cancha libre en sus funciones y, por consiguiente, goza de mucho más autoridad que de costumbre, su responsabilidad de hacer y formar gobierno es realmente productiva y contribuye a dar señales de cambio y eficiencia que son precisamente las señales que no estamos emitiendo ahora de manera sólida e integral.
Antes, pues, que pensar en ministros con autoridad es bueno pensar en ministros con cancha libre, que no será en ningún momento la cancha libre de hacer lo que les plazca, sino de encontrar el justo medio entre la dedicación plena al Gabinete (como mandan la ley y la Constitución) y la puesta a flote de sus respectivos sectores.
Se necesita establecer un vínculo entre ministerios y ciudadanía, entre ministerios y objetivos del país, entre ministerios y gobiernos locales y regionales, entre ministerios y nuestro papel en el mundo. Antonio Brack, por ejemplo, no tiene el tiempo regalado para distraerlo en conciliaciones políticas que afectan su labor de puesta en marcha del nuevo Ministerio del Ambiente y de su propia toma de riendas en el cargo.
Lo que finalmente queremos decir es que si buscamos resultados que preparen el camino hacia una administración pública distinta, el presidencialismo vigente tiene que dividir mejor sus roles de jefatura de Estado (Alan García) y jefatura de Gobierno (Jorge del Castillo) y abrir la cuota de mayor libertad de acción que necesitan los ministros para trabajar más eficientemente.