Por Maki Miró Quesada
Misia Sert, íntima de Coco Chanel, amiga de Diaghilev, y uno de los mecenas más importante de los Ballets Russes vivió cuarenta años después de perder a su gran amor, el pintor y escultor catalán José María Sert. Cuarenta años no se fuman en pipa. Ya vieja y ciega, su esbelta y escultural silueta disminuida por los años y su belleza esfumada paseaba del brazo de su gran amigo el poeta Louis Aragon a quien le confiaba su dolor por la ausencia irreparable de Sert. Aragon, otro gran 'amoureux' que también había conocido una gran pasión por 'Los ojos de Elsa' Triolet, su mujer y su musa le contestó, "El tiempo que pasa, querida Misia, no es nada al lado del tiempo que queda".
Hace dos días que nieva sin parar en el norte de la Patagonia y es la primera vez que nieva sobre la casa y el jardín; esta nieve es distinta, es como quien dice la nieve propia. El valle que se ve desde la ventana está cubierto por un manto blanco y los árboles de los bosques que nos rodean se han transformado en árboles de cuentos de hadas revestidos de una filigrana de plata y hielo que nos sumergen en el mundo mágico de Hans Christian Andersen con duendes, elfos y bellas hadas. El peso de la nieve ha anulado el ruido, vivimos en un mundo suspendido en donde el tiempo se ha detenido; irremediablemente me pongo a pensar que pasará con el tiempo que queda.
Me llegan ecos de amigos que están en St. Tropez o Capri --es el verano boreal en Europa--y fotos de fiestas y playas tan familiares que no despiertan mi curiosidad, solo constato un nuevo toldo por aquí, el nombre de un restaurante que no conozco por allá y tomo nota de algo que se puso de moda este verano mientras no estaba prestando atención (Igual no importa mucho, mi estilo actual es tipo Camilla Parker Bowles, B.C: Before Charles). Hace poco volvimos de Londres y París y la novedad es que con la excepción de la elección de Sarkozy y Brown no hay novedad, todo seguía igualito que el año pasado. La gente, los ritos, la comida no habían cambiado, pero yo sí y pasé por allí como si estuviera sentada al interior de un TGV viendo desfilar el paisaje por la ventana indiferente a lo que miro sabiendo como sé que el tren no se detendrá y que no puedo apearme. No me importa perderme un museo más, una iglesia más, un castillo más, después de cierta edad, con los recuerdos que nos quedan en la orilla de las lagunas de la memoria los mejores viajes son al interior de uno mismo.
La nieve se ha convertido en una cortina blanca y salgo a pasear con los perros. Son cuatro, Chasqui el perro alpha con su pelaje rojo fueguino pone una nota de color en el universo blanco que nos envuelve, lo siguen las tres cachorras labrador que se hunden en la nieve alta. Avanzamos con cierta dificultad, a veces se levanta el viento y se forman remolinos, a veces la nieve cae suavemente, cada copo distinto al otro. No había nevado hasta ahora y la gente en el pueblo me decía, "No se preocupe, ya nevará en agosto"; por la nieve que se ha acumulado en el alféizar sé que habrá nieve para rato.
Seguimos la huella del camino entre los álamos jóvenes hasta llegar a un claro en el bosque donde se ha formado un gran colchón blanco. Miro bien a mi alrededor para ver si alguien nos ve desde la casa pero la casa está silenciosa, las ventanas bien cerradas contra el frío, el único signo de vida es la voluta de humo que sale de la chimenea de piedra y se eleva quieta en el aire invernal. "Ahora es cuando" me digo y me dejo caer lentamente de espaldas en la nieve virgen y batiendo brazos y pies dibujo la silueta perfecta de un ángel como cuando era chica. Los perros confundidos se lanzan sobre mí creyendo que es un nuevo juego; el ángel dura poco pero sigue nevando y me quedo allí pensando que esta es una buena manera de pasar el tiempo que queda.