Por Diego Alonso Sánchez B.
Vivir como un extranjero en tu propia patria es esquizofrenia pura. Katzuo Nakamatsu sufre para resolver su propia identidad en esta Lima incierta, llena de colores y sabores heterogéneos. Hijo de migrantes japoneses, le resulta muy difícil definirse como peruano, o criollo, aunque tampoco es el más conspicuo representante de la colonia japonesa en el Perú. Distanciado de sus parientes y amigos de infancia -luego de la muerte de su esposa Keiko Gushikén--, construye una dolorosa ambigüedad sobre su sombra, que lo lleva a distanciarse de su propio oficio como escritor y profesor de literatura en la universidad.
A los 58 años, Nakamatsu, llega a la locura y a un descubrimiento asombroso que le permite ascender a la muerte con otro brío, diferente al que le marca su destino. Llegar al satori, la iluminación, en budismo zen, es alejarte de todo lo terrenal para que el espíritu puro "sea uno" con la naturaleza y así interrumpir el constante "ir y venir" del alma en la resurrección. Por esto, cuando Katzuo se ve contemplando árboles de sakura en el limeño Parque de la Exposición, le viene una pulsión incontrolable de muerte. Este imperativo existencial le lleva a retirarse de la realidad, de las cosas y las personas, hasta que empieza a escuchar en su subconsciente sonidos de pájaros, arroyos y vientos de pradera. Su casa, enclavada en lo profundo de La Victoria, empieza a serle detestable. Entonces empieza a deambular por las calles más sórdidas de Lima. Allí se sume en confusas reflexiones sobre su vida y su identidad, identificándose con Martín Adán, quien también recorría Lima como un fantasma, exhibiéndose en los bares más ríspidos del Centro. En sus pensamientos aparece un personaje marginal de los años 40, un japonés llamado Etzuko Untén, amigo de su padre Zentaró Nakamatsu, que realizó una cruzada patriótica con el fin de defender el honor japonés en plena Segunda Guerra Mundial. Untén simboliza, al igual que Adán, la lucha contra la realidad y el alejamiento de ella. Ahí encuentra la verdadera belleza.
Finalmente, Katzuo sucumbe en la locura, y se interna en un nosocomio donde recibe la visita de una yutá, una vidente que logra ver en su espíritu el padecimiento de su raza durante la Segunda Guerra y la lucha de Untén por consolidar el orgullo nihonjin en una sociedad que los trataba como apestados.
En ese fragor catártico, la yutá escucha una voz que le narra los pormenores del tortuoso camino de Untén y los kachigumis, patriotas con ánimo de encabezar la resistencia nipona. Esa voz, ese espíritu del pasado, representa la demencia, la iluminación y la muerte de este personaje marginal, ya integrado a la sociedad limeña, tan heterogénea, tan compleja y fecunda a la vez. Nakamatsu ya puede morir en paz.
EN VITRINA
La horda primitiva
La horda primitiva reúne textos inéditos y otros cuentos que pertenecen a sus libros La premeditación y el azar y Ave de la noche seleccionados por Pilar Dughi antes de morir, en 2006. Conocedora de las técnicas de la narrativa moderna y seguidora de Chéjov, la autora fue gran lectora de escritores norteamericanos, discípulos también de Chéjov, como Carver, Cheever, O'Connor.
En estos relatos póstumos, Dughi se interesa más por lo que sucede en el fuero interno de sus protagonistas que por narrar una historia al estilo clásico. El crítico español, José Muñoz Millanes, afirma que "En los cuentos de Chéjov (observa Shlovski) la tensión narrativa no se debe al desarrollo de una trama, sino a una suspensión de los acontecimientos: no al hecho de que algo pase, sino al de que algo cesa momentáneamente".
Los hombres y mujeres atormentados de Dughi: el adolescente de "A mí no me importa"; la muchacha que cuida a su anciano padre a costa de su felicidad en "Hay que lavar", o la escéptica y solitaria profesora, que escribe sobre Schopenhauer en "Los guiños del destino" son personajes que seducen y perturban al lector; todos ellos deben tomar en algún momento de su vida una decisión importante y dar un paso adelante; es en ese momento que la conciencia de los protagonistas va hacia lo definitivo que el relato "acaba". A diferencia de sus cuentos anteriores, de finales cerrados y sorpresivos, estos relatos magistrales de Dughi se detienen ante un dilema o una situación complicada que se crea repentinamente -como en "Flan de chocolate" -, que el lector deberá completar. Finales que son en sí mismos nudos problemáticos por las frustraciones y el tedio en que viven sus personajes, convertidos en héroes y heroínas dramáticos gracias a su estupendo arte de narrar. (Por Carmen Ollé)