Por Élida Román
El Cultural (Centro Cultural Peruano-Norteamericano) de Arequipa, un espacio gravitante en la vida de esa ciudad, está presentando una breve antología de obras de Emilio Rodríguez Larraín (Lima, 1928), acompañada de un conjunto de pinturas realizadas en los dos últimos años, en un esfuerzo poco usual en las instituciones culturales fuera de la capital, acontecimiento que he podido disfrutar durante reciente estadía. Las limitaciones de espacio no han sido obstáculo para mostrar algunos momentos de la creación de este importante artista peruano, así como ofrecer la primicia de sus pinturas más recientes. Coincidencia que se ve como un continuo, sin hiatos o vacíos, ya que toda la obra de Rodríguez Larraín, pese a la constante innovación, siempre acompañada de audacia y sorpresa, muestra un eje común, surgido de un concepto profundo, inalterable y audaz, que se convierte, de alguna manera, en un sello preciso, identificable para aquellos que han seguido su labor a través de los años.
Arquitecto, escultor, pintor son algunas de las facetas de este artista inclasificable en el estilo, asimilable --por razones de método ordenador-- al gran capítulo de la abstracción informalista, a la que, por cierto, no ha sido totalmente fiel, y en la que ha innovado, confrontado y reformulado a través de un impulso en el que el gesto reina pero la razón gobierna.
Parte de la mítica Generación del 50, Rodríguez Larraín partió muy pronto del Perú, y por décadas vivió y trabajó, siempre creando, en Europa y Estados Unidos, tomando contacto no solo con las propuestas vanguardistas, sino también con sus propios líderes. No ha sido, sin embargo, esta proximidad, este contacto sin duda importante, los instigadores de sus experimentaciones y sus resultados. Es su propia personalidad, ese numen impreciso y mandante, el director de una amplia y constante búsqueda que no se admite como tal.
En el campo de la escultura nuestro artista alcanza un nivel único y distinto. Las piezas y los proyectos conservan una impronta arquitectónica innegable, pero de un diseño nuevo y sumamente ambicioso. La monumentalidad, aun en las obras de menor dimensión, proyecta ese carácter de fuerza, formas que dominan el espacio, lo modelan y desafían, con elementos distintos, contrapuestos y sin embargo perfectamente organizados en una precisión matemática.
Curioso resulta que esta racionalidad, que siempre reaparece, sea superada con facilidad por la incorporación del azar, la reivindicación del gesto, la oportunidad de la acción momentánea, para solo subrayar o detallar, con pequeños y disimulados elementos, alguna forma descubierta o intuida. Es esta nota, tan presente al principio del periplo, la que ahora se repite en las últimas pinturas.
Sin duda el público arequipeño, que por primera vez conoce estas obras y a su autor, tiene la oportunidad de tomar contacto con uno de los creadores más importantes de la segunda mitad del siglo pasado, cuya obra sigue vigente y constantemente renovada y cuya presencia contribuyó al movimiento de modernización de las artes visuales locales.