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Buenos a la mala

Rincón del autor. El anonimato de la vida urbana ha significado mayor libertad y menos control social, dando pie a una explosión de creatividad, pero también de informalidad

Por Richard Webb

Estamos agradecidos a los videos que grabó Montesinos. Y también a la procesión de filmaciones y grabaciones que, cada semana, descubren nuevas fechorías de jueces, congresistas, funcionarios y empresarios. Esa misma tecnología ha visto la instalación de cámaras de vigilancia en tiendas, bancos, edificios y calles que, sin duda, frenan en algo a los ladrones. Las cámaras registran incluso a los que exceden los límites de velocidad en las pistas. Ya hay millones de celulares que son a la vez grabadoras y cámaras, algunas disfrazadas de lapicero o encendedor, y a través de You Tube, lo más íntimo y privado se vuelve presenciable por el mundo entero. La computadora registra nuestras vidas en detalle. Cuando pedimos un crédito, las centrales de riesgo informan en lujo de detalle si hemos sido buenos pagadores a tiendas, bancos, servicios y la Sunat. Eventualmente llegará al Perú CriminalSearches.com, sistema que existe en los EE.UU., a través del cual se puede encontrar la historia de todo el que ha sido procesado por algún delito, hasta por infracciones de tránsito.

Todo esto quizás se verá apoyado por una tecnología de control más simple descubierta recientemente por los psicólogos: basta pintar en la pared dos ojos que parecen observarte, y la gente se porta con más ética y generosidad, aún cuando se sabe que nadie observa realmente. Parece ser un comportamiento biológico e inconsciente, que afecta también a otras especies como los cuervos y los peces. ¿Cuál sería el efecto de pintar dos ojos enormes en las paredes de toda oficina pública? ¿O de instalar a la Contraloría de la República en la torre más alta de la ciudad y pintar en cada ventana los ojos que nos observan? No por gusto los dictadores reparten sus retratos en todos lados. Caminando por la ciudad de Kinshasa en el África pasé un carro abarrotado de retratos del temible presidente Mobutu. El chofer iba distribuyéndolos de casa en casa.

La inspección de los estándares de la medición ha sido una necesidad desde los inicios de la vida urbana. En la Grecia Antigua, los agoranomos eran los inspectores que fiscalizaban las medidas de peso en los mercados, y para los musulmanes los muhtarib cumplían una función similar. El antiguo oficio artesanal de la inspección es hoy una industria de modernas empresas multinacionales, y los estándares son fijados por redes internacionales. Una red muy conocida es la de los estándares ISO, que en griego significa "igual". El ISO existe desde 1926, pero su despegue se ha dado en los últimos veinte años, y ha sido una de las bases poco visibles de la globalización: 148 países participan hoy en la red, cuya sede es Ginebra, y ha fijado 17.000 estándares para distintos productos y actividades, número que se incrementa en más de mil cada año. Además del ISO, cada profesión cuenta con red, estándares y mecanismos de certificación propios, incluidos los acupunturistas, los decoradores de tortas, los entrenadores de mascotas y los adivinos del tarot. La certificación se extiende más allá de la eficiencia y calidad productiva; ahora abarca además criterios ambientales y sociales, como los certificados verdes, los orgánicos y los de buena gestión forestal. Para acceder a fondos, las ONG deben someterse a la certificación de la efectividad social de su labor, y existe un Índice Dow Jones de Sostenibilidad que mide no solo la performance financiera sino la ambiental y de responsabilidad social.

Desde sus inicios, el anonimato de la vida urbana ha significado mayor libertad y menos control social del que existe en la aldea rural, dando pie a una explosión de creatividad, pero también de informalidad. Creo que el péndulo empieza a regresar en dirección del orden, apoyado por la tecnología. La ética se formaliza, a costa de la privacidad y de la libertad.

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