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EL LADO OCULTO CRISTINA RUIZ, GERENTA DE MERCADEO DE OSTER DEL PERÚ

Ella es infranqueable

LO PRIMERO CON LO QUE PAPÁ LA HIZO JUGAR FUE CON UN BALÓN. EN LA PUCP LA ROMPIÓ. DESDE EL ARCO, ORDENABA A SU ESCUADRA PODEROSA

Por Antonio Orjeda

Cristina lo tiene claro: "No creo que haya chica que al depilarse las piernas por primera vez y notar todas sus cicatrices, no haya dicho: '¡Miércoles! Aquí está toda mi historia, ¡en mis canillas!'".

Carlos, su padre, nació en Cádiz. Es fanático del fútbol. En España jugó en Tercera División. En Lima, él se hizo comerciante.

Cuando Cristina nació no había ecografías. "Es mujer", le anunció la enfermera. "Qué importa". Papá buscó con qué enseñarle a pelotear.

Años después, tuvo que cambiar los fluorescentes de la azotea. Puso focos. Entonces fue más difícil que Cristina, su hermano y un primo los reventasen a pelotazos. Mete gol, tapa. Arquero, delantero, defensa. Se podían pasar horas en la cancha... Sí, en la azotea.

"Mi mamá se aseguraba siempre de que no hubiera ropa tendida".

El día que Cristina se depiló las piernas, recordó cada uno de los golazos que metió. También los miles que --con harta garra (crema)-- evitó.

EN LA CANCHA
Pestalozzi. En los 70, aún no era común que las chicas le dieran al balón. "Ganas no me faltaban". Así transcurrió el colegio, pero llegó la universidad y, con ella, la felicidad.

Campeonato de cachimbos. Cristina pidió que la apuntasen en el equipo de fulbito femenino. "Solo queda la posición de arquera". Claro, ninguna quería recibir los pelotazos. Ella aceptó.

"Terminó el campeonato y no me metieron un gol". La futura administradora fue jalada a la selección de la PUCP. "Jugué cuatro campeonatos interuniversitarios, ganamos tres". Siempre en el arco, sus únicas rivales (de verdad) fueron siempre las fieras de la Agraria. Sus partidos eran a muerte.

"Entonces ver jugar a chicas era lo más cercano a un circo". Ellas --con clase-- rompieron con eso.

Cristina guarda en su memoria tres partidos: un triunfo sobre la de Lima, aunque más por la rabia que le desató el tener que salir de la cancha debido a una patada rival que le dobló tres dedos de la mano. "Fue la única vez que no terminé un partido".

Rabia fue también lo que sintió cuando entró a la cancha de la Pacífico y fueron recibidas con pifias. "Les ganamos 6-0". El sexto fue de penal. "¿Quién no ha metido gol?", preguntó la capitana. Cristina dejó el arco y terminó de callarle la boca a tanto faltoso.

Su tercer encuentro memorable lo vivió en su propia cancha, cuando las chicas de Letras se midieron con las de Ciencias. "En mi vida he tapado tanto como esa vez". Sus rodillas, las que pagaron pato fueron siempre sus rodillas. Se las ha chancado hasta contra el poste. "¡Tú tienes que evitar el gol!".

Hoy está casada y a su esposo no le gusta el fútbol (sí el Nintendo). No hay problema: "Mientras él juega a matar bichitos, yo me voy a jugar mi pelotita".

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