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Aprendiendo del desastre

Por: Juan Paredes Castro |

La crisis del Congreso ha evidenciado la patética necesidad de que los partidos tengan que aprender urgentemente de sus propios desastres internos, que casi siempre los han pasado por agua tibia.

Tampoco deberán descuidar la lección de las pillerías que han anidado y todavía anidan en sus filas a causa de los pésimos parámetros de selección de sus militantes o de la extrema concesión de poderes como parte de las facturas que hay que pagar por las campañas electorales.

Las distancias no son muy cortas entre un Agustín Mantilla recibiendo treinta mil dólares de Vladimiro Montesinos y una Tula Benítez arreglando el cobro bajo la mesa del sueldo de un empleado suyo en el Congreso. Aquello de que lo hicieron por el partido siempre entrañará más de una duda o en todo caso una verdad a medias.

No olvidemos que el expulsado Mantilla es toda una figura dentro del Apra como lo es también la suspendida Benítez.

A raíz de los últimos casos de los congresistas Margarita Sucari y José Anaya, algunas dirigencias partidarias habrían caído de pronto en la cuenta de que cualquiera ya no podrá ser en el futuro congresista de la República. Peor todavía si su currículum y su perfomance política lo acercan más a la criminalidad que al servicio ciudadano honesto.

Estas mismas dirigencias estarían comprendiendo cuán atrás debería quedar el tiempo en que los partidos podían encarnar, allí donde estuvieran, la crisis política generalizada, o formar parte de ella, dentro de las fuerzas de la costumbre. Saben, además, que hoy en día son cada vez menos los países y los estados dispuestos a impulsar sus proyectos de desarrollo sin el acompañamiento de un sistema de partidos como palanca de una necesaria estabilidad política básica.

La manera como han respondido al debate abierto por El Comercio sobre los cambios que deben sufrir la ley de partidos y la ley electoral, para mejorar la representación parlamentaria, es una clara constatación de que hay una voluntad política mayoritaria por no volver a tropezar con la misma piedra y hacer de los partidos y de sus candidatos una expresión de civilización política sorprendente.

Sería importante que hasta Unión por el Perú, que sirvió de vientre de alquiler electoral al humalismo en el 2006 y el Partido Nacionalista, que tanto se jacta de dar lecciones de probidad política, no precisamente con el ejemplo, pasen a integrar el grueso parlamentario a favor de las reformas que se buscan en la ley de partidos y en la ley electoral.

Es hora de aprender del desastre político y de las pillerías militantes y sobre todo de la antidemocracia que reina dentro de las casas-club que fungen de partidos.

Idealicemos un futuro cercano con partidos políticos democráticamente representativos. Eso bastará y sobrará, por encima de los escombros de hoy.

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