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COMUNIDADES Y MODERNIDAD

El poder de la consulta pública

Por Francisco Miró Quesada Rada. Politólogo

En 1970 fui a la comunidad de Marco, en Jauja, hoy floreciente y siempre bello distrito, para participar en una fiesta cuya finalidad fue intercambiar experiencias combinando danzas de la sierra y de la costa. El encuentro estuvo organizado por la Asociación Artística y Cultural Jueves, presidida por Luis Maguiña. Una de las cosas que más me llamó la atención es que la mayoría de los marqueños se oponía a la reforma agraria porque consideraban que "les iban a quitar las tierras de la comunidad" y agregaban que el Gobierno no les había consultado.

En 1982, invitado a una gira por la selva, navegué por el lago de Yarinacocha en Pucallpa. El peque peque que me trasladó acoderó en la ribera que le pertenece a la comunidad de San Francisco. Reunido con los comuneros les pedí hablar con el alcalde. Se presentó un señor de edad avanzada diciéndome que era la máxima autoridad de la comunidad, que los comuneros lo habían elegido. Explicó que no tenían alcalde, pero si lo tuvieran además de elegirlo, paralelamente también elegirían al jefe de la comunidad y al consejo comunal. Cuando impartía clases en el Centro de Altos Estudios Nacionales, antes Centro de Altos Estudios Militares, un oficial que había combatido el terrorismo en Ayacucho me dijo que una de las cosas que más irritaba a los comuneros, además de la violencia, es que Sendero Luminoso, cuando ocupaba una comunidad, destituía a sus autoridades.

Los comuneros tienen su democracia, está en sus costumbres y una de las obligaciones de la autoridad es consultar a la asamblea cuando se tienen que tomar decisiones de interés para todos sus miembros, por eso no me extraña que las comunidades nativas protestaran porque el Gobierno no les consultó los decretos 1015 y 1073.

Gran parte de la política nacional, pero sobre todo el Estado Peruano, todavía sigue siendo colonial. No es un Estado árbitro y de servicio, que es precisamente el Estado moderno democrático organizado de acuerdo con derecho.

Hay quienes confunden modernidad con compraventa de tierras y con el mercado. Esta es una visión minimalista y reduccionista, una visión unidimensional y excluyente. La modernidad es una realidad más compleja que las relaciones de mercado, aunque las presupone. Por eso es un error calificar a las comunidades de antimodernas porque no responden a los parámetros de una modernidad, solo restringida a las relaciones económicas.

Por el contrario, los comuneros de la sierra y de la selva no están en contra de la modernidad económica y sobre todo tecnológica, pero quieren equilibrarla con sus tradiciones, que en la mayoría de los casos es oral. Una de estas tradiciones es que se les consulte, en el fondo también una práctica moderna porque es democrática. Combinar tradición con modernidad, como lo hacen ellos, es una sabia decisión que debemos imitar. En nombre de la modernidad no debemos excluir o destruir lo que no consideramos moderno. Como bien se pregunta el padre Vicente Santuc, rector de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en reciente entrevista para El Comercio, ¿dónde está el proyecto nacional de gobierno que incluya a los shipibos, asháninkas, aguarunas y a los campesinos? La inclusión y la participación del pueblo en asuntos de su interés es el rostro positivo de la modernidad.

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