Por Raúl Cachay A. Periodista
Los aficionados al fútbol solo tienen dos maneras de ponerse en sintonía con el objeto de sus afectos. Ir al estadio es una de ellas, y suele involucrar una serie de tormentos que sería inútil enumerar en estas líneas, pero cuyo rango puede abarcar desde el disfuerzo meteorológico ("hace mucho frío, compadre, mejor vemos el Cristal -Minero por la tele") hasta la relativa inaccesibilidad (el Monumental de la 'U') o el peligro implícito que encierra la ubicación de ciertos estadios (Matute).
La otra forma de satisfacer 'la más importante de nuestras necesidades secundarias' (en palabras de Valdano) es, claro, la televisión, y esta tampoco se encuentra exenta de martirios. Y más allá de las proverbiales goleadas en contra, la pobreza endémica de nuestro torneo, las disparatadas convocatorias del técnico de la selección y la perpetua satrapía de los dirigentes, ver jugar a Perú, así sea en su peor momento histórico y contra un equipo sin estrellas y tradición (con el debido respeto por una 'vinotinto' que, en realidad, nunca embriagó a nadie), sigue siendo el más importante y masivo de los pasatiempos nacionales. Las cifras respaldan esta afirmación: el último sábado, el partido de Perú que menos expectativa ha despertado en tiempos recientes logró superar en sintonía al programa de entretenimiento más exitoso del momento. El mismo día, los Piero Alva, Amilton Prado y Paolo de la Haza del hoy también vencieron en el ráting a las 'matadoras' del mañana: mientras la final del campeonato de menores del vóley alcanzó unos estimables 22,2 puntos en la medición de Ibope, el partido de la noche logró algo más de 27 puntos en el Canal 4 y 20,5 en el 9. Y "Bailando por un sueño", con Percy Olivares como estrella rutilante, superó apenas los 16 puntos. El escapismo televisivo que promueven los chillidos de Gisela Valcárcel y las cabriolas de sus concursantes no fueron suficientes para que el público peruano desviara su atención de la selección, con todo y sus miserias. ¿Cómo podemos explicar esto? Esa es, precisamente, una de las preguntas que esta columna buscará responder en el futuro.