Por Jorge Barraza. Periodista
Vargas se ganó el monumento a la fe del hombre en sí mismo. Creyó siempre, hasta cuando ya nadie creía. Ni el reloj. Trabó esa pelota en el fondo a Messi y se vino, se vino haciendo patria por el lateral, portando la bandera del orgullo, y posibilitó este empate heroico que no debió ser angustioso porque Perú fue más que una Argentina insípida, inodora e incolora. Lo heroico compensa la injusticia de ir perdiendo. Le da el tinte de los hechos memorables.
Tanta injusticia que hasta era con gol en contra. Porque Cambiasso no llegó a puntear esa pelota. Fue Vílchez.
Aunque no es difícil, Del Solar entendió cómo juega este abúlico equipo albiceleste: a fuego lento, con decenas de toques hacia atrás, sin armonía ni explosión en ataque, sin cambio de ritmo y, por ende, sin sorpresa en tres cuartos de cancha. Y entonces mandó a presionar arriba, Chemo, a forzar el error con dinámica y marca en todos los sectores del campo. Así sí hay una salida del túnel: metiendo todos como si fuera la última vez. Se llamen como se llamen. Y jugando al pie.
Argentina no tuvo respuestas. No las tiene desde hace ocho partidos. Ayer lo complicó Perú, antes fue Paraguay, y Ecuador, y Colombia Está inmerso en una seria crisis de juego y no se advierte un horizonte claro, luminoso, cada vez los nubarrones son más oscuros y densos. (¡Ojo! Sumando de a uno no se llega).
Pero sería hereje gastar todas las líneas en una selección que no las merece. Volvamos al héroe. Dice Uno, el tango inmortal de Enrique Santos Discépolo: "Uno busca lleno de esperanzas/ el camino que los sueños prometieron a sus ansias.../ Sabe que la lucha es cruel y es mucha/ pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina...".
Convertido en el protagonista de Uno, Vargas luchó, sangró y corrió con fe, empecinado en no perder. Y no perdió.