Por Farid Kahhat. Analista internacional*
Pobre Bush. Cuando por fin las cosas parecían mejorar en Iraq (y dejemos de lado, por ahora, si la mejoría es perdurable, y que solo corrige los errores del pasado), Afganistán comienza a empeorar.
En el afán de revertir los avances en la capacidad operativa del movimiento Talibán, las fuerzas estadounidenses lanzan ataques en el sur de Afganistán y en el norte de Pakistán, que enfurecen a ambos gobiernos: al de Afganistán porque en su mayoría las víctimas son civiles, y al de Pakistán, además de esa razón, porque se producen sin su consentimiento o siquiera una advertencia previa (incidentalmente, si así trata EE.UU. a sus aliados, que comiencen a temblar sus enemigos).
Dicho sea de paso, según el último libro de Fareed Zakaria (titulado "The Post-American World"), la "Guerra contra el terrorismo de alcance global" no ha logrado disminuir el número de muertes causadas por el terrorismo en el mundo, pero al menos ha conseguido que el 80% de ellas se produzca en tan solo dos países: Afganistán e Iraq. Y en cuanto a la economía..., bueno, mejor dejémoslo allí.
¿Pero es que no hay nada que el gobierno de George W. Bush haya hecho bien? Tal vez: al conmemorarse un aniversario más del 11 de setiembre del 2001, podría congratularse del hecho de que no se han producido nuevos atentados en suelo estadounidense durante los siete años transcurridos desde entonces. Podría alegar que ello es producto de la protección adicional que brindaron la creación del Departamento de Seguridad Interior e innovaciones legislativas como el Acta Patriótica.
Pero, claro, tampoco se produjeron atentados terroristas en suelo estadounidense durante los siete años previos al 11 de setiembre del 2001, y en ese entonces no existía esa protección adicional.
Por lo demás, hay indicios suficientes como para suponer que la ausencia de atentados no es consecuencia de una mejoría dramática en la capacidad de gestión del Gobierno Estadounidense. Baste recordar sino la ineptitud descomunal que demostró al afrontar las secuelas del huracán Katrina en el 2005. Recordemos también que, según un estudio de la OCDE de junio del 2007, la población indocumentada en EE.UU. aumenta en unas 408.000 personas cada año.
Por último, los controles fronterizos tampoco impiden el ingreso anual de centenares de toneladas de droga al mercado de EE.UU. En otras palabras, si no existen en ese país células durmientes de Al Qaeda (como suele especular el FBI), no es porque las autoridades hayan logrado interceptarlas en algún paso fronterizo. El mayor indicio de que tal vez no existan esas células es el hecho de que, pese a la vigencia de normas que permiten una vigilancia policial sin supervisión judicial, y pese a que se habrían realizado decenas de miles de arrestos desde el 11 de setiembre del 2001, no se ha producido aún ninguna condena bajo cargos de terrorismo por acciones desplegadas dentro de EE.UU.
Todo lo cual refuerza la idea de que para Al Qaeda los atentados del 11 de setiembre del 2001 tuvieron un valor simbólico, además de estratégico. El valor simbólico fue demostrar la vulnerabilidad de EE.UU. frente a un puñado de individuos dispuestos a todo por una causa. Establecido ese punto, no había necesidad de librar una campaña de atentados en territorio estadounidense: el objetivo estratégico era, más bien, el de atraer a las fuerzas de ese país hacia una guerra de desgaste en Afganistán.
Cuando el régimen talibán colapsó y las huestes de Al Qaeda parecieron incapaces de montar una resistencia en regla, EE.UU. les brindó una segunda oportunidad al invadir Iraq. Pero Al Qaeda devolvió el favor cuando, a través de la indiscriminada brutalidad de sus actos, alienó a sus escasos aliados dentro de la sociedad iraquí. Entre otros, los líderes tribales que, a cambio de prebendas y protección, se aliaron hace unas décadas con Saddam Hussein, hace unos años con Abu Musab al Zarqaui, hace unos meses con el general Petraus y tal vez mañana con el mejor postor.
Pero, como dijera en su momento Donald Rumsfeld, "La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia": dada la naturaleza clandestina de las células de Al Qaeda, su existencia puede simplemente suponerse, aunque no haya evidencia alguna que la confirme.
Por ejemplo, en el 2003 Robert Mueller, el director del FBI, sostenía que "La mayor amenaza proviene de células de Al Qaeda en EE.UU. que todavía no hemos identificado". Dos años después añadiría incluso lo siguiente: "Estoy muy preocupado por aquello que no estamos viendo". Cual devoto de lo paranormal, pretendía atemorizarnos invocando espectros invisibles. Y si la amenaza se asume como real, pese a que no sabemos quién (si acaso alguien) la representa, en dónde se encontraría, o de qué medios dispone, no cabe, entonces, sino suponer lo peor. En palabras del manifiesto fundacional del Departamento de Seguridad Interior: "Los terroristas de hoy pueden atacar en cualquier lugar, en cualquier momento y virtualmente con cualquier arma".
La actitud implícita es similar a la de aquella noble europea a la que citara alguna vez Adolfo Bioy Casares: "No creo en los fantasmas, pero me dan miedo". Solo que, en esta ocasión, quienes azuzan nuestros temores son seres de carne y hueso.
* CATEDRÁTICO DE LA PUCP