Por Maki Miró Quesada
El Imperio británico se sostuvo durante siglos a punta de tazas de té sabiamente repartidas a lo largo del día y a lo largo y ancho de las colonias de Su Majestad. Después de que los ingleses dejaran para siempre India, Egipto, Sudáfrica, Rhodesia, Australia, etc., etc., los antiguos súbditos recobraron la independencia política pero no lograron sacudirse de la dependencia del té.
Hace años en Lima se tomaba mucho té, también es cierto que los inviernos parecían ser más fríos, más húmedos y más largos si cabe, y un tecito no se le negaba a nadie. Era por aquella época y en aquellos climas que las mamás les decían a las santas empleadas que cuidaban a los niños, "Fulanita, ponle la chompa a Javiercito que está haciendo frío". Inútil decir que Javiercito colorado y sudando como un camello estaba feliz jugando a la pelota con otros niños de su edad sin sentir ningún frío, el frío lo sentía la mamá de Javiercito, a pesar de las numerosas tazas de té que se tomaba con sus amigas y era razón suficiente para endilgarle al niño una chompa tejida a mano donde se le enrollaba la manga de la camisa y que le picaba por todas partes.
Ahora las mamás jóvenes tienen cada vez menos personal que las ayude y además a los chicos los visten con micro fibra o lana polar sintética que abriga lo mismo pero no pica nada lo cual ya es una ventaja. Ambas costumbres nos venían cómo no, de Inglaterra de donde por esos años venía todo lo bueno y digno de copiarse. Hasta el día de hoy los limeños se parecen en algunas cosas a los británicos como aquello en que no creen en la calefacción central y prefieren morirse de frío en invierno en grandes casas con grandes ventanales por donde se cuelen unos chifletes de aire helado para seguir con la ilusión que están viviendo en el trópico (Bermuda, maybe?) Very British. Contra el mal tiempo no queda otra que conservar puesto el abrigo de piel de gato --u otra mejor si la hubiera-- dentro de casa, al revés de lo que sucede en el resto del mundo donde el abrigo se quita al entrar y se pone al salir. Las reuniones de invierno en Lima pueden ser fatales, en el sentido real de la palabra porque la pulmonía ronda a cada ocasión y en los matrimonios 'da impresión' como diría mi vieja mama, que en paz descanse, ver a las señoras que han pasado la edad de bailar bien enfundadas en sendos abrigos protegiéndose como pueden de la humedad mortal de la noche limeña contra la cual el toldo colocado allá arriba a seis metros del suelo no sirve para nada.
En Irlanda, ese bello y salvaje país del norte de Europa es lo mismo que sea verano o invierno porque en realidad es invierno todo el año. En lo más profundo del mes de julio cuando todo el populorum del Mediterráneo anda medio calato la temperatura en Connemara, el condado más occidental de Irlanda, ronda los doce o quince grados como mucho. Contra eso solo queda tomar mucho té, delicioso por cierto, no quitarse la chompa ni para dormir y pasar horas en el pub tomando litros de cerveza Guinness en compañía de la gente más amable y alegre que hay. ¿Cómo es que un lugar con tan mal clima puede ser tan acogedor? Es parte del misterio y del encanto celta. El Atlántico gris ruge en la costa cerca a la casa donde vivimos que rodean unos muros bajos de piedra y decenas de ovejas lanudas como puntos blancos al horizonte. En una hora llueve tres veces, sopla un viento despiadado y un tímido sol asoma la cara. Las casitas blancas solitarias con techo de paja y puertas alegres pintadas de rojo, azul o amarillo aparecen debajo de los nubarrones. La gente maneja del lado opuesto de la carretera y cuando nos cruzamos con un coche por los estrechos caminos rumbo a Letterfrack o Ballynahinch evitamos con las justas el accidente mortal. Pero bien vale la pena porque los lugareños son invariablemente corteses y además porque para el que esta acostumbrado a los inviernos de Lima Irlanda es un chancay de a veinte.