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La competitividad gitana

Por: Juan Paredes Castro |

Para el Perú, la gitanería de su fútbol, con unas tardes de gloria y unas noches de desgracia, o al revés, ha sido siempre su mejor consuelo.

Gitanos al fin, ¿qué más podemos pedir y desear en el deporte en general y en el fútbol en particular?

No es que tengamos que aspirar a victorias totales todo el tiempo. A veces se llega a un campeonato o a ganar una elección pasando por más de una derrota. El mal peruano es que no solo no terminamos ni en la cola de los clasificados sino ni en la cola de los desclasificados en pos de cualquiera de las grandes copas regionales y del mundo.

Eso no hace tampoco que no reconozcamos valores y que no los honremos.

La gitanería viene del fútbol y va también hacia política y de la política a la economía, para solo detenernos en estos tres campos siempre tan sorprendentes.

Ahora resulta que la política, la economía y los programas sociales se han vuelto gitanos. Cuando creemos que ya hemos conquistado la democracia nos asalta desde cualquier lado la intolerancia. Pasamos de pronto del puesto 53 al puesto 62 en competitividad, sin que a nadie se le frunza el ceño. Lo que hoy se mueve, proyecta y ejecuta, seguramente mañana ya no, y, así, sucesivamente. Hay días en que los políticos invocan el Acuerdo Nacional y otros en que el Acuerdo Nacional desconvoca a los políticos. Hasta no hace mucho vivíamos la euforia del crecimiento y la suerte de una inflación baja y controlada. Hoy en día vivimos el fantasma del gasto contraído y la presión de la inflación hacia arriba. Tenemos dinero para dirigirlo a los más pobres e incorporarlos al espacio de las oportunidades, con la tristeza de que los beneficiados no son los reales pobres sino los falsos que han conseguido un lugar en los padrones oficiales, que, de paso, nadie quiere cambiar.

Creíamos que nuestra competitividad nos mantendría en la alta vitrina del ránking mundial. Lamentablemente, como vemos, se ha vuelto gitana. Así un día celebraremos haber retornado al puesto 53, como hoy nos cuesta reconocer el descenso de nueve puntos.

Nuestra gitanería tiene pues que ver con la inconsistencia de nuestras metas, de nuestros proyectos y de nuestras instituciones. ¡Por qué no tendría que ser gitano el fútbol con las organizaciones y dirigentes que tiene! ¡Por qué no tendría que ser gitana la política si los ciudadanos seguimos delegando poder sin poderlo luego controlar! ¡Por qué no atravesaría la misma condición la economía si lo que hemos acumulado es una espantosa informalidad en la gestión y en el gasto!

Ahora el hijo de un mago del fútbol, el ministro Luis Valdivieso, promete desentrampar la gitana economía. No las finanzas, que andan mejor. En buena hora que quiera hacerlo y que tenga la suerte de hacerlo.

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