Por Renato Cisneros. Periodista
Nunca me ha costado, periodísticamente hablando, reconocer mis simpatías por la 'U'. Es más, no encuentro nada de malo en decirlo abiertamente. Por eso sé --o creo saber-- lo que debe estar ocurriendo en estas horas posteriores al clásico en el circuito formado entre el cerebro y el corazón de un hincha merengue. Y aunque a los hinchas (a los hombres, en general) nunca nos gusta mostrarnos vulnerables, hay circunstancias que nos vulneran, que representan bastante más que solo un fastidio pasajero. Porque una derrota ante, qué sé yo, el Atlético Minero, se olvida en cinco días, si no en tres. Del mismo modo, una caída ante Cristal --dependiendo de las circunstancias-- puede tardar en curarse, pero, mal que bien, pasa. Sin embargo, cuando viene Alianza, se mete a tu estadio y, no solo te gana, sino que te voltea el partido (apelando, por cierto, a un recurso típicamente crema: la garra), la rabia se multiplica como un sarpullido. Todo el cuerpo se enroncha. Y aunque tratas de mentalizarte durante el final del domingo y a lo largo del lunes, diciéndote a ti mismo que esto "es solo un partido de fútbol", y que "ya veremos quién celebra al final del año", la verdad es que los intestinos te arden sin compasión. Prendes la televisión y, en silencio, a solas, maldiciendo a distancia a los jugadores, repasas las escenas del partido. Al día siguiente, disimuladamente, con el rabillo del ojo, lees los titulares de los diarios y te parte el orgullo ver al 'Zorrito' Aguirre celebrando su golazo, mientras al fondo, desenfocados (tan desenfocados como tú), aparecen Galván, Fernández y el Goyo Bernales.
No hay peor día para un hincha que el lunes posterior a un clásico perdido. Pero ahí no termina el asunto. Ocurre que entras a tu chamba o tu universidad (da lo mismo), esforzándote por cambiar el ánimo bajetón y --zas-- te encuentras cara a cara con ese amigo aliancista con el que justamente no querías cruzarte, y que te bombardea con una serie de frases que pulverizan tu ego futbolero. Con la piel de gallina en carne viva, solo te queda salir corriendo, correr, encerrarte en tu oficina y ocuparte en un quehacer terapéutico que te ayude a apaciguar la cólera alojada en tu hígado. Tienes que hacer algo que te salve del infarto emocional. Escribir una columna, por ejemplo.
Renato Cisneros escribe todos los martes