Por Patrick Espejo
A César Vértiz le habían dicho de todo. Los dedos lo señalaban como el responsable de haber formado una organización que se regía por su carácter. En realidad, desde que entró al circuito del vóley en julio del 2001, se le ha acusado de haberse sacado de encima a sus opositores, de haber modificado las bases para reelegirse, de haber presionado a su reconocimiento al utilizar la bandera de la FIVB (al mismísimo estilo de Burga con el fútbol). Se le ha acusado de haber cobrado un platal por autorizar cada pase internacional (dicen algunas chicas que la tarifa no baja de cinco mil dólares por poner su firma), de haber desechado todas las denuncias que llegaron en contra de su directorio, como las de favorecer al Wanka, el equipo de su 'delfín' Juan Castro, y de sacar de camino a los que se convertían en duros obstáculos (sacó al Regatas Lima del torneo mayor de un plumazo) o no reconocer a los que no piensan como él (como la Liga de Pueblo Libre). Sin embargo, cosas del destino, no lo pudieron acusar de abuso de poder, mal uso del dinero o favorecer a sus aliados. Cayó por lengua larga. Cayó por hablar mal de Arturo Woodman y de Fernando Caillaux, el número 1 y 2 del IPD, respectivamente. El Consejo Superior de Justicia y Honores del Deporte lo suspendió un año de toda actividad deportiva.
Él no puede participar en las próximas elecciones. El vóley tiene jugadoras de talla mundial, técnicos capaces, pero tenemos un déficit terrible de buenos dirigentes.